A pesar de que me creé una cuenta cuando Youtube® recién comenzaba, nunca fui un usuario empedernido del famoso programita, principalmente porque no tuve el tiempo suficiente para dedicarme a navegar entre tanta manifestación artística de la raza humana (hay que ver lo sorprendente y prolífera que es la imaginación de aquellos que suben videos). Sin embaro, el pasado fin de semana no pude resisitr la tentación de ser testigo directo de un fenómeno del que muchos hablaban. Había leido, incluso, un par de notas en los diarios (en realidad, fue en Las Últimas Noticias, del cual no tengo una buena opinión en términos de contenidos de la entrega noticiosa), pero no sabía exactamente de qué se trataba...
... Hasta que los dedos de mi amigo digitaron las 3 palabras clave: hermanos-de-sangre. “¿Hermanos de sangre?”, pensé. Sin duda, un nombre algo extraño para catalogar la situación que me había imaginado (ayudado por la mítica Paty Cofré y sus “15 segundos” al ritmo del Minuet de Bach): una mujer diciendo un par de garabatos.
Luego de unos segundos, ahí estaba la imagen. ¡La imagen y el audio! (que, en este caso, es mucho más importante que lo que se pueda ver). Ése fue mi encuentro, cara a cara, con Rosa Espinoza, “la chilena más garabatera del país”, según consta en algunos foros de Internet. ¿Qué podía ofrecerme esta chilena de apariencia normal, de clase media, compartiendo con sus familiares? La respuesta no se hizo esperar.
No recuerdo el diálogo exacto, pero la conversación comenzaba con algo así:
Hombre joven: “Rosa, estái terrible gorda...”
Rosa Espinoza: “¿Y qué? ¿Te afecta a ti que esté gorda?”
Hombre joven: ¿Y por qué te tirita la pera? (risas).
Rosa Espinoza: “¿Te afecta?, ¿te afecta, acaso? ¡No quiero que me huevií nunca más, perro culiao!”
Hombre joven: (más risas).
Rosa Espinoza: “No me huevií más, conchetumadre, ¿Te molesto yo a ti, acaso, perro culiao?”.
Mujer anónima: (risas desde el segundo piso).
Rosa Espinoza: “¿Y de qué te reís voh, perra culiá? Anda hacerle la competencia a la esquina, maraca culiá”...
Hombre joven: “Rosa, soy terrible ordinaria...”
Rosa Espinoza: ¿Y en qué te afecta a ti, perro culiao? ¡No quiero que me huevií nunca más, ¿escuchaste?!”
Hombre joven: (empuja a Rosa Espinoza).
Rosa Espinoza: “Déeeeeeeeja, perro culiao. ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!”
Fueron dos minutos y 38 segundos en los que miré abstraído por la comprobada capacidad de Rosa Espinoza para “defenderse” de los ataques del tipo que la increpaba porque estaba gorda (¡y ni siquiera es tanto, Rosa!). 2 minutos y 38 segundo en los que no dejamos de apretarnos la guata para reirnos de esta situación que se ha convertido en un ícono-flaite-cibernético.
No pretendo filosofar sobre el trasfondo de este asunto: denigración de la dignidad humana, desigualdad en el acceso a la educación, marginalidad social, vuelta a la teoría de la “aguja hipodérmica (virtual)”, etcétera. Sólo quise repasar mi sorpresa y mis carcajadas al oír, de boca de una señorita, tanto garabato junto. Y estoy seguro de que si yo mismo los dijera, no sonaría así de divertido. Nunca escuché completa la rutina de Paty Cofré o de Daniel Vilches (“el académico de la lengua”), pero me temo que incluso ellos fueron destronados del sitial que ostentaban.
Más allá de los garabatos, debo decir que me da pena la tal Rosa Espinoza, porque se nota que es una persona que debe tener algún tipo de trastorno de la personalidad. No es común (para no escribir “normal”, vicio en el que muchos caen) que alguien reaccione así frente a un oprobio de tan poca monta. No es común que agarre una botella de Coca Cola y amence a otra persona. No es común que dé gritos desgarradores mientras intenta poner a todos en su lugar.
Por ahora, me sigo riendo mientras recuerdo mi encuentro (virtual, eso sí) con lady Rosa Espinoza.
Rodrigo







