04 mayo 2007

La TV que no quiero


"Vergüenza... cada día más vergüenza", bolereaban Los Jaivas por primera vez, en 1971. Han pasado más de 30 años y no encuentro mejor frase para describir lo que siento al ver ciertos programas en la televisión abierta en Chile.

Hay para todos los gustos: eso es una máxima bastante recurrente al hurgar en el infinito espectro de alternativas que se nos ofrecen a la hora de comprar, de esuchar música o ver televisión. Sin embargo, no sé hasta qué punto eso sea tan cierto en el caso de esta última -por lo menos en lo que a Chile respecta-: ¿dónde están los programas con un contenido trascendente? ¿Existen opciones para que el intelecto se cultive por este medio?

La televisión es una herramienta que, entre sus variadas funciones, se dice que educa o guía conductas. Es discutible ese rol, aunque no se puede negar (por cuanto es un medio de gran alcance). No obstante, veo que sólo nos estamos quedando con el producto fácil, con el recurso barato y, lo que es peor, con prácticas que cimientan la ignorancia y la horrible tendencia a "no-pensar". No se trata sólo de que el componente diversión esté apoderándose de las pantallas: es, también, una subestimación de los auditores.

Lo lamentable de todo es que no sé qué tan inocentes sean las personas que ven televisión abierta en Chile. Hay productos que huelen a bazofia ("SQP" es el paroxismo de este basto grupo), cierto, pero ¿qué hacer si las personas los ven? Ése es un problema: la retroalimentación que tienen. Porque son muchos los que se alimentan de este no-contenido y ensalzan prácticas como el chaqueteo, el rumor sin fundamento, la descalificación... ¡lo peor de la estupidez humana!

Y entre ese grupo de nuevos ídolos surgen los personajes que, como yo mismo defino, "no le han empatado a nadie". Me sorprende la rapidez con que llegan al tope de la popularidad figuras o personajes cuyo C.I es igual o inferior al de una libélula (el ejemplo es sólo porque me gusta esa palabra). El rátng sube como espuma cuando aparece una mujer mostrando escotes infartantes, cuando un bailarín que se depila las cejas y habla con ademanes femeninos dice que "tiene algo que contar"... ¿Qué nos pasa? ¿Por qué tan ávidos de famosillos? ¿Cómo no va a haber el mínimo de cordura , inteligencia o deseo de aspirar a algo mejor?

Escirbo esto a raíz del fenómeno "Luly". Relamente, lo encuentro patético. Y no es que sólo me da rabia que una mujer sin estudios, sin talento y sin sustancia llegue a tal posición en los medios (lo cual podría asemejarse a la envidia). Lo que me extraña es esta capacidad de los medios por hacerla un fenómeno, por darle tribuna, por inflar a una pobre tipa con buenos senos; y, por otro lado, me cuesta creer que haya gente interesada en verla como una ídola, como un elemento que aporta.

Y no es que me las dé de intelectual. Es, simplemente, que me gustaría tener la opción de ver a esta chiquilla. Lástima que, por lo menos en Chile, no se puede, porque todo está teñido por la manta del recurso fácil para acaparar la atención.


(foto: Latinstock)

Rodrigo

Adiós Mèriange; ¡bienvenida Mèrie Chantal!


Parte IV: Pasarela, cambio de nombre y primera cita.

Durante los primeros días, Mèriange estuvo abocada a ordenar una pila de telas que se encontraban desordenadas en una bodega. Esta labor tenía un objetivo doble: permitir una mejor y más rápida selección del material utilizado para confeccionar los vestidos y -lo menos importante para ella en ese momento- habilitar un pequeño cuchitril donde dormir mientras encontraba una habitación en algún hostal parisiense.


Casi al completar la primera semana, el sector ya lucía en óptimas condiciones y podía utilizarse perfectamente como taller de costuras, bodega y dormitorio. Mèriange se había encargado de adornar las paredes con retazos de llamativos colores y diferentes texturas, haciendo gala de un refinado gusto que Marriette iba descubriendo, encantada. Quizás por lo mismo, había autorizado que su nueva empleada se quedara con las telas que ella quisiera, para que pudiera confeccionarse algo semejante a un vestido. ¡Y vaya que se lo había tomado en serio la hermosa rubia! Con astucia y algunas horas de desvelo había logrado maravillas.

La Casa de Marriette estaba a punto de cambiar la totalidad de las prendas de la vitrina. Era una ocasión esperada con ansias por las señoras de la alta sociedad de París, quienes acudían en masa a disputarse los vestidos, incluso antes del gran desfile de modas que Marriette preparaba para dar el "vamos" a sus colecciones. La oportunidad se transformaba en un verdadero evento en el que se juntaba el público más selecto y exigente: ellas admiraban la ropa, los colores, la innovación de los cortes... mientras ellos, acomodados dueños de empresas y grandes consorcios, no quitaban los ojos de encima a las modelos.

Ésta iba a ser la primera vez que Mèriange estaba en un desfile de modas, a tan sólo días de haber arribado a la capital francesa. Estaba emocionada y quería hacer las cosas bien, para ganarse el respeto y la confianza de su jefa. Además, sentía unas ansias locas de estar en contacto con aquel mundo de luces, música y glamour al que siempre había accedido sólo por revistas. En los días previos, la "asistente-modelo" estaba totalmente excitada, corriendo a dejar invitaciones, haciendo llamados, confirmando asistencias. Incluso, se había provado uno que otro vestido para que Marriette pudiera hacer arreglos de última hora. El cuerpo de Mèriange era fabuloso y podía resistir hasta el entalle más traicionero.


El momento había llegado. Marriette miró hacia la concurrencia y vio que el gran salón estaba repleto de damas refinadas con sus esposos. En los camarines, las modelos corrían en ropa interior y chocaban unas con otras cuando intentaban acomodarse sus vestidos. Mèriange miraba absorta todo el panorama y, de vez en cuando, se atrevía a dar algunas instrucciones a las maniquíes más atolondradas. "Pero, mujer, hazlo más rápido... Tú, ¿no te das cuenta de que estás abotonando mal esa blusa?, dijo con determinación en varias oportunidades. Por un momento pensó que sería reprendida, pero, muy por el contrario, recibió miradas de aprobación.


El desfile comenzó puntualmente. Las luces se apagaron, la música comenzó a dar sus primeros acordes. Se escuchó la voz de Marriette por los parlantes. Saludó, dio la bienvenida y dio inicio a la primer parte del espectáculo. La primera modelo, una italiana de porte elegante, saltó a la pasarela y comenzó a caminar con movimientos acompasados. Los ojos de los comensales se abrieron enseguida, al igual que los de Mèriange, quien, a un costado del escenario, vigilaba que cada movimiento fuese perfecto. Ella sabía de memoria el orden de las salidas, el tiempo de permanencia de cada maniquí, etc.

El destino tenía reservada una agradable sorpresa para Mèriange. Estaba abanicándose, observando todo desde la primera fila, cuando -discretamente- se acercó Marriette y le susurró algo al oído. Acto seguido, la rubia se levantó de su asiento y caminó con paso rápido hasta las bambalinas, mientras hacía ademanes de aprobación. Nadie se percató de la escena, excepto las modelos, que no veían con buenos ojos a la espigada nueva asistente. ¿Era odio lo que sentían? En ningún caso. ¿Envidia, tal vez? Lo más probable es que vieran amenazados sus respectivos cetros de mujeres hermosas: la francesa pueblerina criada por las monjas era la más bella entre las bellas.

Mèriange entró a los camarines y vio que una de las modelos estaba en posición supina. ¡Se había desmayado y no estaba en condiciones de salir a desfilar un fino vestido negro de encaje y transparencias. Alrededor había más de 10 mujeres dispuestas a arrancarse los ojos por lucir aquel modelo, pero ninguna de ellas había sido la elegida para la suplantación. Marriette, en un acto consciente, decidió salir hasta el público y hablar con su asistente. Sin duda, ella podría lucir perfecta dentro de ese trozo de tela exquisitamente pequeño y delicado. Con voz estentórea reordenó a las maniquíes y le pasó la pieza a Mèriange, quien se la calzó al instante. ¡Perfecta!

El desfile de modas de la nueva temporada de la Casa de Marriette fue todo un éxito, a pesar de que todos estaban conscientes de que la mayoría de los vestidos jamás podría ser usado por alguna de las señoras que acudían cada 3 meses. Mèriange estuvo descollante sobre la pasarela. Había caminado segura, moviendo con gracia y elegancia su cuerpo al compás de la música y los varoniles aplausos de los esposos. Sin duda, había sido la mejor; la ás segura, la más sonriente. La más deseada. A tal punto llegó su éxito qu, una vez terminado el espectáculo, Marriette se acercó a la nueva modelo. Con una amplia sonrisa de satisfacción:

- Una persona quiere saludar a la mejor modelo del desfile, dijo la dueña. Se trataba de un hombre apuesto, cercano a los 50 años. Su apariencia era impecable y sus ojos la miraban con curiosidad y admiración. Mèriange no sabía que se trataba de un adinerado socio del Banco del País.


- Encantada, dijo la rubia, aún con el vestido negro (hubiese preferido nunca quitárselo).

- Nunca te había visto en un desfile. Estuviste espléndida. ¿Cómo te llamas?

Mèriange dudó. Su nombre real era demasiado simple -demasiado pueblerino- como para una mujer de tanto glamour. Hurgó rápidamente entre sus recuerdos más recientes y luego, con total naturalidad, respondió:


- Me llamo Mèrie Chantal ("¡perdón sor Chantal de Dominique por usurpación de nombre!").

- Si no tienes inconveniente, te invito a salir esta misma noche, dijo el improvisado galán. La nueva Mèrie Chantal asintió con una leve sonrisa y haciendo brillar más que nunca sus ojos azules. Era su primer "Sí".
(foto: Latinstock)

26 abril 2007

Brillar con luz propia


Parte III: Mèriange en París y su primer contacto -real- con el mundo de la moda (continuación).


Ya estaba en París. Había viajado durante horas, igual que cuando escapó de su casa, hacía ya... ¡más de 10 años! En aquella ocasión vestía harapos. Ahora, era una joven bella y esbelta que llevaba encima un hermoso vestido de un material cuyo nombre no conocía, pero sí su suavidad. Antes de que llegara, se miraba en la ventana del auto en movimiento. ¿Qué veía, asombrada y sonriente?: a una perfecta señorita de sociedad. Sus ojos tan azules como el cielo francés que había cruzado; sus dientes blancos y perfectamente alineados; su piel lozana y lívida... todo hacía juego con el sombrero que llevaba en su cabellera trenada por ella misma.

Mèriange se sentía una señorita distinguida, quizás influenciada por las imágenes de damas ostentosas que viajaban a Avignon a deshacerse de sus hijas religiosas. Durante su niñez y adolescencia sólo había visto a dos clases de mujeres: aquellas a las que admiraba en secreto -mademoiselles- y, en el otro extremo, las monjas. De ellas sólo reconocía su abnegación y devoción por amar a un Señor al cual nunca podrían acceder en la vida terrenal. Estaba agradecida de la educación y todo lo que le habían dado, pero no dejaba de sentir lástima por ese estilo de vida al cual jamás adscribiría.

Caminó por la calle Saint Germain, mirando las fachadas de las casas y las tiendas que se erguían a un costado de la vereda. Tomaba aire en sucesivas inhalaciones y no dejaba de sonreír. Su corazón latía con rapidez mientras se cruzaba con jóvenes y ancianos vestidos elegantemente, al igual que ella (aunque era su único vestido, según había descubierto -con un poco de horror- al pasar por una boutique de alta costura). Su paso era firme, seguro. Era una pueblerina criada por monjas, pero no se dejaría avasallar por el pulso de la gran ciudad y sus ensoberbecidos habitantes. ¡No, señor!

Luego de unos minutos, llegó al convento de las hermanas carmelitas de París. El lugar era mucho más fastuoso que el de Avignon, pero las monjas eran menos hospitalarias. La recibieron con un ademanes de un seudo desprecio que caló hondo en Mèriange. Sin embargo, no se hizo mayores problemas y avanzó hacia la oficina de la madre superiora. El sonido de sus tacos se multiplicaba en los pasillos, lo que le daba un aire de grandeza inimaginado. Tac, tac, tac..., por fin llegó frente a la anciana que debía darle indicaciones sobre su destino en la Ciudad Luz.

- Bienvenida a París, Mèriange. La hermana Chantal de Dominique me ha pedido que te reciba, a pesar de que sabe que no tenemos lugar en el convento.

- No se preocupe, hermana. Sólo necesito saber algunas cosas. No se moleste en encontrarme un lugar donde habitar, porque de eso me puedo encargar yo misma. Le pido que me permita pernoctar esta noche en este lugar; mañana, a primera hora, me iré sin molestar a nadie... nunca más, respondió orgullosa Mèriange.

Y así se hizo. La joven rubia durmió en un pequeño vestíbulo reservado para la espera de las visitas dominicales. No se había sacado el vestido, mas sí los zapatos y el sombrero. La habitación era cálida. Mèriange se acomodó en un sillón de -¡legítimo!- terciopelo azul y durmió profundamente. Nadie se percató de su presencia, pues había cumplido su palabra al pie de la letra: no estaba molestando a nadie. Al cabo de unas 5 ó 6 horas, ya estaba en pie, con una lista de direcciones en las cuales podría ofrecerse para trabajar. Se dio los últimos retoques en el cabello y salió una fría mañana.

La primera dirección estaba a tan solo unos metros del convento. Se trataba de un restaurante en el que solicitaban una mesera "de buena apariencia". Mèriange había deslumbrado al encargado de personal, pero a ello no le pareció una opción considerable siquiera. Imaginarse repartiendo platos humeantes con un delantal a cuadros y el pelo tomado no era muy motivador. Necesitaba algo de dinero, cierto, pero no estaba dispuesta a rebajarse de tal modo. Ya había pasado más de 10 años sirviendo a las monjas; ahora debía brillar con luz propia.

Cerca del mediodía llegó a la Casa de Marriete. Era una lujosa tienda de moda, en cuyas vitrinas se apreciaban vestidos de seda y abrigos de piel. A primera vista, parecía más atarctivo que la jardinería y el asilo de ancianos a los que había pasado antes. La Casa de Marriette estaba buscando a una asistente de modas, título que hacía referencia a aquella persona que ordenaba las telas, repartía los trajes a las modelos y, de noche, cerraba el local por fuera. ¡Nada deslumbrante! Sin embargo... se decidió y entró, con paso seguro.

La alfombra del lugar hacía que Mèriange sintiera que levitaba mientras se acercaba a una anciana que revisaba unos papeles detrás de un mesón. Cuando estuvo cerca de la mujer, ésta levantó la vista y repasó el rostro y el cuerpo de la joven. Estuvo contemplándola por varios minutos, sin decir ninguna palabra, aunque asentía con la cabeza de tanto en tanto. El cuadro de mutismo se quebró sólo cuando entró una persona a la tienda. Era una mujer de alcurnia, de cuello estirado y mirada soberbia. ¿A ella tendría que asistir si la contrataban?

Marriette, la dueña, aceptó a Mèriange, quien se dispuso a comenzar en aquel preciso instante. Mientras tomaban una taza de café, la veterana empresaria de la moda le explicó de qué se trataba el negocio. Asimismo, le comentó sobre sus funciones en la casa de alta costura más reconocida de París. Su voz era ronca, pero amable, y hacía que la rubia provinciana se sintiera extasiada de tanto glamour, marcado a fuego en cada una de las arrugas de la vieja. Ése era el tipo de trabajo que siempre había soñado.

Tras la voz bronca de Marriette y su mirada acogedora había una mujer ávida de negocios, con una agudeza sensorial más desarrollada que ninguna de sus competidoras en el circuito de la moda parisiense. Era una ´zorra vieja` que tenía frente a sus ojos una mina de oro. Lo olía en la piel de Mèriange: esa mujer de apariencia sencilla podría llegar muy lejos. Su belleza era desbordante, jamás vista. Había que pulirla, sin duda, pero así como estaba era perfecta. Desde ese momento, Mèriange se convertiría en su mayor aliada y discípula.
(foto: LatinStock)

25 abril 2007

¿Por qué esos nombres?

Siempre me ha dado risa la caricaturización de personas o situaciones. Mi recurrente humor negro hace que me divierta con parodias de todo tipo (especialmente aquéllas en las que se remarcan -al punto del absurdo- las características más reconocibles de la sociedad).

Me considero un tipo que trata de luchar contra los prejuicios, pero debo reconocer que no siempre resulto vencedor en este sentido. Trato, además, de no parecer clasista, pero me entretiene mucho encasillar el ´modo de vida` de personas que tienen más o menos poder adquisitivo (éste es mi eufemismo para referirme a los cuicos y a los flaites, por ejemplo).

En el fondo, estoy en total oposición a la mala distribuicón de los ingresos, la falta de oportunidades y la estigmatización. No es que con esto me mofe de la difícil situación por la que debe atravesar quienes no fueron tocados por la varita de la fortuna. Por lo mismo, siempre abogaré por un avance socioeconómico y cultural en este sentido...

Pero me río igual. Quziás, las estridentes carcajadas lleven consigo un cuestionamiento permanente y una crítica implícita: ¿por qué son tan marcadas estas tendencias? ¿Se trata de un asunto que se lleva en los genes? ¿O es simplemente imitación del comportamiento en sociedad?

Toda esta reflexión surge de una situación muy sencilla, pero -a mi parecer- muy cómica. Un amigo me contó la etimología del nombre de una pequeña niña. No sé si la historia es exacta (porque estas cosas suelen ser adornadas conforme el traspaso de boca en boca), pero no deja de sorprenderme.

Un matrimonio bastante pobre tuvo una hija a la que llamaron Iloveny (i-l-o-v-e-n-y). Nombre curioso y bastante original", pensé. La persona que preguntó por qué le habían puesto así -según me enteré- es alguien bastante seria, aunque no pudo evitar el tono jocoso al momento de contar la razón de ese bautizo: los padres un día fueron a Patronato y quedaron encantados con una polera de cachemira y algodón que tenía un estampado con brillos. "I Love N.Y.", decía... ¡Iloveny!

¿Por qué en nuestra sociedad hay gente humilde que pone nombres tan extraños a los niños? Porque ésa, querámoslo o no, es una costumbre que no se da en todos los estratos. En las poblaciones, abundan los Bryan, Scarlett, Christopher, Michael, Estephany...

¿Por qué?...

¿Por simple curiosidad? ¿Admiración por la fonética extranjera o por las culturas más allá de la cordillera? ¿Es ignorancia? ¿O es, simplemente, esa característica que nos distingue a unos con otros?

Quizás, la respuesta está sólo en mi tradicionalismo para ciertas cosas... Lo único cierto es que cuando tenga un hijo -si es que-, le pondré un nombre más común. Hasta ahora, opto por Gabriel o Catalina. Nada de Iloveny por el momento...

Rodrigo

24 abril 2007

¿Y dónde está la dignidad?


Se pasó Eva.

No hablo de aquella mujer que -dicen- tentó al hombre y le dio a comer el fruto prohibido. Me niego a creer del todo esta teoría, apelando al libre albedrío que -dicen, insisto...- con que Dios dotó al Hombre. ¿No es un poco ilógico pensar que se dejó seducir por una serpiente que manipuló a una mujer?

Pero no quiero inmiscuirme en asuntos dogmáticos (por lo menos, no hoy). Estoy hablando de Eva Gómez, la conductora del programa "El diario de Eva" (copia del españolísimo "El diario de Patricia" y todos los productos afines). En realidad, no sólo me refiero a ella, sino que a todo su equipo, cuya cara visible -afortunada o desafortunadamente- es la blonda hija de la Madre Patria.

Hace un par de días había comenzado su nueva temporada, después del post natal. El regreso se anunciaba con bombos y platillos y muchas mamás esperaban con ansias ver los nuevos "casos" (testimonios) que el programa traía consigo. Y comenzó bien: una audiencia relativamente decente para el horario, un look fresco, un acento aún más chileno que antes y, sobre todo, historias más dramáticamente espeluznantes.

Eso: espeluznantes... Porque no se me ocurre nada mejor (¿peor?) para retratar el caso en que una madre y un padre revelaban a todo el país (en horario familiar) una falsa patenidad, mediante la realización de un test de ADN. Y eso no fue todo: después de ser increpada, la mujer-mentirosa se vio obligada a contar su más grande secreto: que su hijo era producto de una violación incestuosa. Llanto, angustia, tensión. Mentira, decepción. Un espectáculo miserable de la TV chilena.

¿Hasta qué punto somos capaces de llegar para generar "impacto" en los medios de comuniación? ¿Hasta qué punto transgredir la dignidad humana? Tal como versa el dicho popular: ¿todo por el ráting?

Lo que se dice como contraargumento no me satisfece: es cierto que el test de ADN es caro y que, en este caso, lo pagó Producción. Insuficiente. Es cierto, también, que se prestará ayuda sicológica al niño, a la madre y al padre, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Hasta que se apaguen las cámaras y el "caso" sea reemplazado por otro más impactante? Lo siento, pero nada en este caso es suficiente para justificar el circo que se ha hecho de una situación tan delicada.

Y entre todo esto, la estoica Eva sigue diciendo que "estuvo muy bien lo que hicieron, porque ella es una persona que ayuda a la sociedad y que no trabaja por el ráting". ¿Cómo tan porfiada?, me pregunto. ¿No será mejor decir que se sobrepasaron? Porque si no lo hace(n), es probable que los hechos como éstos se sucedan... aunque haya habido un pronunciamiento de parte del canal de Sebastián Piñera (el ex casi presidente de Chile, por Dios), aunque el programa haya sido cambiado de horario, aunque Eva se engrife cuando la atacan en TVN...

A pesar de todo eso, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Rodrigo

Lo cortés no quita lo valiente



Hace 3 días ocurrió un sismo grado 6,2 (Richter) en el fiordo de Aysén, XI Región. Hubo grandes deslizamientos de cerros, cuyas toneladas de lodo y piedras cayeron al mar. ¿Resultado? Aparte del temor, de los daños por el temblor y el resquebrajamiento de la tierra, el mar se salió de su cota y arrasó con las zonas más próximas a la costa. No fue un tsunami, pero sí un fenómeno físico con implicancias desastrozas.

Hubo 10 desaparecidos (de los cuales, 5 han sido identificados como muertos) y daños inconmensurables en la gente de la ciudad. la zona fue declarada "de catástrofe" por el Gobierno y la Onemi. La presidenta Bachelet viajó al lugar, para comprobar los daños y delinear políticas de contingencia.
Sufro al ver el sufrimiento de la gente. Hay que ayudar, hacer algo en la medida de lo posible. No es posible permanecer inmutables frente a tragedias de tanta magnitud. Eso es una respuesta casi natural de los seres humanos frente al dolor. Hasta acá, todo correcto... pero hay algo que me desconcierta:

"Señora Bachelet, váyase a la punta del cerro", "dijo" Oscar Catalán (UDI), alcalde de Puerto Aysén a la Presidenta de la República. El verbo "dijo" está entrecomillado, porque, en estricto rigor, sólo fue una alusión. Es decir, "un recadito" para la mandataria, como se dice en buen chileno.

He aquí mi primer reparo: no es posible que una persona "le mande a decir" mensajes a la presidenta, sobre todo cuando el tenor de las declaraciones es tan grosero. Entiendo la rabia y la ¿desesperación? del edil, pero no justifico el modo de hacerlo. No apelo al respeto solamente por el hecho de ser una mujer (aunque culturalmente esto es una actitud intrínseca de lo que se entiende por respeto), sino por el cargo que ocupa.

Aunque haya diferencias ideológicas con Bachelet, Catalán no puede tener este tipo de actitudes. Estamos hablando de una persona -supuestamente- instruida e idonea para ocupar un puesto tan importante en la división administrativa del país. Con palabras populistas no se logra el respeto y la ayuda que la zona requiere. Hay que medirse, sobre todo, cuando se es la voz visible de una comunidad.

Quienes no ven en esta actitud un signo para inquietarse, dirán que, efectivamente, el sr. Catalán estaba interpretando la voz del pueblo. Se vio en las noticias cómo la gente de Aysén recibió a la presidenta con banderas negras, insultándola y pidiéndoles que se fuera. O sea, aparte de la tremenda experiencia que han debido vivir, ¿ahora se dan el lujo de rechazar la ayuda que se les ofrece? Insólito.

No me cabe en la cabeza que por orgullo o soberbia, una comunidad no pueda reconocer que la ayuda se necesita aquí y ahora. Es cierto que hubo "llamamientos" hacia la Oremi, para que investigara y dijera la verdad sobre los frecuentes movimientos telúricos... ¿Pero qué más se podía hacer? ¿Evacuar una zona de la cual los mismos pobladores no estaban dispuestos a irse? ¿Prohibir la navegación en una zona donde, hasta el momento del temblor, había barcazas ilegales en el mar?

Es cierto: hay que oír a la Tierra (literalmente) y a las personas, que -aunque se lereste credibilidad- algo de "sabiduría popular" tienen. Pero no seamos inconscientes. Para que un plan de evacuación resulte, hay que estar dispuestos a hacerlo. No sé qué querían las personas que ahora le reclaman a la Presidenta: ¿que firmara un decreto para prohibir los terremotos?

Lo que sí me parece acertado (y asertivo) es reclamar por la situación de las salmoneras que funcionan en la región. Muchas de ellas no cuentan con las condiciones básicas de seguridad (como quedó demostrado). A ellos también hay que exigirles y no sólo aplaudir porque dan trabajo a personas que después, cuando están desaparecidas, pasan a ser un número más entre las macabras cifras.

Rodrigo

23 abril 2007

Leer, soñar, crear...


Ayer, alguien me escribió:
"Crear mundos es parte de la vida..."
¡Y qué mejor que hacerlo a partir de una lectura! Un mundo propio, una interpretación personal...
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Hoy, 23 de abril, es el Día Internacional del Libro.

Desafortunadamente, las encuestas realizadas en Chile reflejan que somos un país de gente que no lee. Y, peor aún, hay un porcentaje muy alto de personas que lee... y no entiende. ¡Un desastre!

Si bien la tasa de analfabetismo en el país es mínima (menor del 5%), hay una muy mala educación en este sentido. Por eso, es interesante que haya iniciativas como la celebración de este día.

En Santiago, por ejemplo, se están entregando gratis unos libros pequeños que reúnen los 100 mejores cuentos del concurso "Santiago en 100 palabras 2005 - 2007". En varias estaciones del Metro los están entregando, junto a un afectuoso saludo: "Feliz día del libro".

¿Cómo no va a ser entretenido, enriquecedor y útil leer un libro? Sin duda, creo que es el mejor incentivo para el fomento de imaginaciones sin límite y espíritus creadores...
Rodrigo