04 julio 2007

COMUNICADO


Frente a la insólita y destemplada campaña de desprestigio contra el diario La Nación, impulsada y alentada por personeros de la Alianza por Chile, entre ellos el Presidente de la Unión Demócrata Independiente, Hernán Larraín, el Consejo Metropolitano del Colegio de Periodistas de Chile se hace un deber en señalar lo siguiente:


1. La Nación, como todo medio de comunicación masiva, tiene el derecho a tener su línea editorial lo que no es en modo alguno incompatible con el ejercicio, por parte de sus periodistas y editores, de un trabajo veraz, oportuno y objetivo.

2. Si la Alianza por Chile considera que La Nación ha incurrido reiteradamente, según ha señalado, en activismo político, debiera haber hecho las denuncias del caso en las instancias pertinentes del Colegio de Periodistas y no lanzar “al voleo” afirmaciones en las que, incluso, acusó -como lo hizo Hernán Larraín el martes 3 de julio por Radio Cooperativa- a este Colegio de no cumplir su rol fiscalizador.

3. Lo que pareciera molestar a la Alianza por Chile es la práctica del pluralismo informativo -propio de una sociedad realmente democrática-, el que existe en Chile en escasa medida y uno de sus pocos representantes es el diario La Nación. Al escuchar a Larraín se podría suponer que la Alianza por Chile se sentiría cómoda con la lógica vigente durante la dictadura militar, donde la verdad informativa era una sola: la de los medios ligados a este sector político.

4. El diario La Nación instituyó en enero de 2005 un consejo editorial pluripartidista, entre cuyos integrantes se contó con dos personeros de la UDI y RN -Germán Concha y Félix Viveros, respectivamente-, quienes se retiraron voluntariamente de esta instancia en diciembre del mismo año. Ello da cuenta de la preocupación de La Nación por ejercer el pluralismo en su accionar.

5. El Colegio de Periodistas no tolerará nuevas agresiones gratuitas a medios de comunicación democráticos, donde sus profesionales actúan con el profesionalismo y la ética que corresponde a una actividad crucial para la democracia: que la ciudadanía tenga el pleno derecho a estar informada.


CONSEJO METROPOLITANO COLEGIO DE PERIODISTAS, Santiago, 4 de julio de 2007.
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Cumplo con mi deber como colega.
Rodrigo

29 junio 2007

¿A quién le han empatado?

Medité bastante antes de actualizar mi Blog con este tema. Me había inspirado hace un tiempo atrás, pero después cosideré que no debía darle tantas vueltas a asuntos sin ninguna importancia real. Quise "bajarle el perfil" a un fenómeno -si es que se puede llamar así- que cada día va ganando minutos en la TV o portadas en los diarios chilenos: "Soy un weón grave", me dije...

Ahora que han pasado los días desde que quise escribir de esto por primera vez, sigo creyendo que soy grave; porque sigo siendo testigo de lo que ocurre y sigo despotricando contra quienes -desde mi modesto punto de vista- son los responsables de una suerte de idiotización que se ha tomado los medios de comunicación, con una claro estandarte a la cabeza de todo: ese grupo de poco honorables mujeres que se sacan los ojos, se muestran los dientes afilados y con sus garras se aferran a cualquier artilugio barato para no quedar fuera de combate.

Hace tiempo que estaba acostumbrado a ver a este tipo de "señoritas" usufructuando de sus relaciones con hombres que en su momento representaban una ventana de exhibición mediática. La memoria colectiva en estos casos no es tan frágil, y recuerda casi con nostalgia las primeras incursiones de modelos como Paola Camaggi (a quien se le involucró hace años con un incipiente Iván Zamorano) o Daniella Campos... a quien, curiosamente (¡mira qué curioso!) con el mismo deportista -que en ese momento hablaba en un "perfectísimo-chileno" y no usaba ropa con la marca a la vista-.

En aquella época se hacían bromas sobre ellas, se les caricaturizaba y en algunos casos se les enjuiciaba moralmente (lo cual me parece de lo más hilarante: ¿quién -me incluyo- tiene autoridad para hacer ese ejercicio tan pretencioso?). Sin embargo, las tórridas historias de amor (o "de amistad", como tímidamente declaraban en un principio los involucrados) poco a poco iban perdiendo su potencial atractivo para la prensa. ¡Claro!, porque en ese tiempo no existía la actual plétora de programillas que se autodenominan "de farándula" que azuzaran el espíritu voyerista de los televidentes.

Ahora, el terreno está despejado para todo tipo de áspides que se hacen ricas y famosas de la noche a la mañana, sin tener ni siquiera un talento reconocible. Y eso es lo que más me indigna y me desconcierta: el hecho de que sean sólo una mala copia de Barbie -o su versión a escala-, y que sus actos tengan tanta cobertura, poniéndolas a la par de hechos que son realmente trascendentes para los ciudadanos de un país que tiene problemas más importantes que resolver que un show barato entre una esposa y su (gorreado) marido.

¿Qué nos ofrece Coté López? Pero seamos sinceros: de verdad, ¿qué nos ofrece? Nada. Es sólo una mujer común que se ha estado alimentando de las portadas, entrevistas, comentarios y hasta reportajes que se han hecho de ella en el último tiempo. ¿Cómo es posible que su vida privada interese de este modo? Porque, mal que mal, lo que ella haga en la cama es asunto de ella, su marido y el amante. De nadie más. Pero no: ella se ha dado el tiempo para "aclarar", "hacer declaraciones" y todo tipo de actividad que antusiasma tanto a los famosillos de tercera y cuarta categoría que no son capaces de hacer noticia por los talentos que poseen.


Y que conste que éste no es un ataque teledirigido. La pobre Coté López sólo es un engranaje en esta tremenda máquina que maneja la farándula. Tal como hoy es ella, mañana lo será otra (por coincidencia, las que nombraré son todas subias)... y así sucesivamente. Los diarios seguirán publicando en primera plana a un montón de "aspirantes" a famosas que no les importa que su nombre sea manoseado (¿debería cambiar esta última palabra, para que no se entienda como una alusión directa por alguna de ellas?). En definitiva, gente que no tiene nada que entregar más allá de sus enredos.

En esa línea, tenemos también a "Luly" (o Luli, como quiera que sea), una niña-mujer de ensortijado cabello rubio -al menos en apariencia- que se pasea por los canales de televisión mostrando su cuerpo envaselinado y hablando como alguien con un severo retraso mental. Reconozco que algo de brillantez debe haber en alguien que gana plata a montones con eso, pero, ¿no será mucha la importancia que se le da?: que si la secuestraron; que si la echaron; que si vendió o no su automóvil... Un verdadero circo romano en el que, lamentablemente, todavía no hay una figura que se erija como el emperador que baja el pulgar para terminar con todo de una vez.

Insisto: no se trata de críticas personales. Es cierto que estas "señoritas" (insisto con las comillas) no son "santas de mi devoción" (derechamente, me caen bastante mal) y que si doy nombres es sólamente porque ellas son la cara visible de este fenómeno que es mucho más amplio y que también encierra a otras mujeres que se han venido ganando la vida a costa de fuego cruzado de declaraciones, destapes baratos y coqueteos con el mundo de la opinlogía.

Éste es mi modo de desahogarme. De lanzar un dardo cuyo blanco son nombres tan conocidos como el de Adriana Barrientos, la Marengo, la Granata... y, por supuesto, Luli y Cotetita López. ¡Ricas ellas!

Rodrigo

20 junio 2007

RECOMENDADA

Suele pasarnos cuando vemos una película que nos gusta: averiguamos el nombre del director y tratamos de conseguirnos más de su filmografía, para juzgar el resto de las obras. En realidad, eso es lo que me ha pasado a mí con Almodóvar, Tarantino, Coppola (padre e hija) o Woody Allen.

Hace poco arrendé "Everything You Always Wanted to Know About Sex... But Were Afraid to Ask" (Todo lo que siempre quiso saber sobre sexo... pero temió preguntar"). Debo decir que, al ver la ilustración de la carátula -y al ver el año de producción: 1972-, pensé que se trataría de una antigua comedia de humor descontextualizado de lo que pasa actualmente. Sin embargo, a pesar de que se hizo hace más de 30 años, las situaciones siguen siendo en extremo hilarantes.

La película, dirigida e interpretada por Woody Allen, es una parodia a un libro homónimo, que trata de explicar la sicología del sexo... una misión bastante complicada y difícil en la teoría. El "viejo jugoso" -así lo he denominado en mi comentario de "Scoop"- se atreve a desafiar a los más eruditos y presenta una serie de escenas más o menos cortas (independientes entre sí), donde se trata de resolver una inquietud particular. Las inquietudes -válidas aún para junio de 2007- son:


- ¿Son eficaces los afrodisiacos?: ambientada en la época Medieval, nos demuestra que no se debe perder la cabeza por el sexo.

- ¿Qué es la sodomía?: historia humorística más relacionada con la zoofilia que con la generalidad de la acepción.

- ¿Por qué algunas mujeres no pueden conseguir el orgasmo?: muy divertido retrato de lo que ocurre a muchas parejas.

- ¿Son homosexuales los travestis?: de respuesta aparentemente fácil, pero...

- ¿Qué son las perversiones sexuales?: perversiones actuales, nada nuevo bajo el sol.

- ¿Los experimientos sobre el sexo dan resultados satisfactorios?: acá se resume la parodia.

- ¿Qué sucede durante la eyaculación?: Allen vestido de espermatozoide es una imagen imperdible. Más que chistoso, inteligente y creativo.
¡Mejor que las "siete-w" que sostienen al periodismo informativo! (chiste sectario).

Si alguien sigue teniendo dudas después de ver esta película, lo mejor es ponerse manos a la obra y dar pie al conocimiento empírico, que, a fin de cuentas, es bastante o más satisactorio.

Rodrigo

13 junio 2007

(in)comprensión lectora


Definitivamente, la gente en Chile no sabe leer. O, peor aún, no entiende lo que lee. Siempre quise creer que las estadísticas que nos señalan como uno de las poblaciones con menor comprensión lectora no eran más que números agrupados para generar un efecto deseado. Pero no. Cada día, en cada actividad cotidiana, me doy cuenta de que las personas no son capaces de comprender las señales más sencillas que están a su pasao. No sé si es desidia, ignorancia o franca estupidez, pero me cansa ser testigo visualeste tipo de situaciones.

Ayer fui al banco a hacer un depósito. Como muchos deben saber, ahora existe un nuevo sistema que permite introducir un sobre con la cantidad de dinero que uno va a depositar. Es un sistema efectivo, que permite un increíble ahorro de tiempo (filas interminables). Sin embargo, las personas no saben usarlo. ¿Les da vergüenza hacer lo que DICE CLARAMENTE en pantalla? ¿Qué tan difícil puede ser seguir instrucciones? Es tan fácil como la pantalla y operar, igual que un autómata (y que conste que no estoy a favor de la automatización de las personas): "Introduzca el número de cuenta, digite el monto del depósito. Espere. Ahora, introduzca el sobre. Espere mientars se procesa su transacción. Retire el comprobante. ¿Desea hacer otra operación?".

Podría entender que personas adultas no se acostumbran al sistema. Ellos, por lo general, prefieren el proceso "a la antigua", porque las tecnologías siempre les generan desconfianza. Y hasta cierto punto, es lógico que reaccionen así, no sólo por la terquedad intrínseca de la tercera edad, sino también porque no son capaces de maniobrar máquinas con tanta agilidad y precisión como alguien de una generación menor. Pero las personas que ayer estaban depositando en el banco eran jóvenes y así todo, no dejaban de molestar al guardia para que los guiara.

Puede ser que tuvieran pánico escénico. Quizás querían asegurarse de que su dinero no iba a caer en las manos (o en las cuentas) equivocadas. Como fuere, se trataba sólo de preguntas de rutina: "¿Dónde escribo la cuenta? ¿Introduzco el sobre ahora o espero? "¡Señor, señora, lea lo que dice ahí!".

Ejemplos cotidianos y tan aparentemente insignificantes como éste se dan en todo momento. Desde las personas que suben las escaleras del metro por donde dice, expresamente, BAJADA (o al revés. Para el caso, da lo mismo), hasta aquellos que insisten en entrar por una puerta en cuyo vidrio hay un enorme papel pegado que dice NO ABRIR.

Todo esto me hace recordar el típico ejercicio que se hace en las escuelas, sólo para enrostrar a los alumnos que no entienden nada de nada cuando leen (o para demostrarle lo porfiados que pueden llegar a ser). Se les entrega una hoja con las siguientes instrucciones:

1.- Primero, lea con atención todas las instrucciones.
2.- Para escribir, utilice lápiz de pasta azul o negro.
3.- Escriba su nombre en el costado superior de la hoja
4.- A continuación, escriba su fecha de nacimiento (el mes en mayúsculas, por favor).
5.- Escriba su número de lista en la parte inferior del papel.
6.- (etc).
7.- (...) No realice ninguna de las instrucciones señaladas anteriormente y entregue esta hoja en blanco.

Típico que todos caen. Y todo porque no se dan cuenta de que, al comienzo, dice "primero, lea todas las instrucciones".

Definitivamente, no estamos hechos para seguir instrucciones, ja ja ja.

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Algo relacionado con este tema me pasó a mí el fin de semana, aunque no se trató de un problema en la comprensión de lectura, sino que simplemente en flojera o descuido. Leí un cartel que mencionaba una oferta en el supermercado y, luego de pensarlo unos minutos, me decidí por llevar ese producto. Lástima que cuando pagué, había otro precio. Por supuesto, reclamé -indignado-, pero la cajera tuvo la gentileza de aclararme que ese cartel decía, un poco más abajo "sólo para clientes que pagan con tarjeta XX". Tengo castigo: debo leer la letra chica. Debo leer la letra chica... 100 veces.
Rodrigo
(foto: LatinStock)

12 junio 2007

Rosa Espinoza: nuevo ícono virtual

A pesar de que me creé una cuenta cuando Youtube® recién comenzaba, nunca fui un usuario empedernido del famoso programita, principalmente porque no tuve el tiempo suficiente para dedicarme a navegar entre tanta manifestación artística de la raza humana (hay que ver lo sorprendente y prolífera que es la imaginación de aquellos que suben videos).

Sin embaro, el pasado fin de semana no pude resisitr la tentación de ser testigo directo de un fenómeno del que muchos hablaban. Había leido, incluso, un par de notas en los diarios (en realidad, fue en Las Últimas Noticias, del cual no tengo una buena opinión en términos de contenidos de la entrega noticiosa), pero no sabía exactamente de qué se trataba...

... Hasta que los dedos de mi amigo digitaron las 3 palabras clave: hermanos-de-sangre. “¿Hermanos de sangre?”, pensé. Sin duda, un nombre algo extraño para catalogar la situación que me había imaginado (ayudado por la mítica Paty Cofré y sus “15 segundos” al ritmo del Minuet de Bach): una mujer diciendo un par de garabatos.

Luego de unos segundos, ahí estaba la imagen. ¡La imagen y el audio! (que, en este caso, es mucho más importante que lo que se pueda ver). Ése fue mi encuentro, cara a cara, con Rosa Espinoza, “la chilena más garabatera del país”, según consta en algunos foros de Internet. ¿Qué podía ofrecerme esta chilena de apariencia normal, de clase media, compartiendo con sus familiares? La respuesta no se hizo esperar.
No recuerdo el diálogo exacto, pero la conversación comenzaba con algo así:

Hombre joven: “Rosa, estái terrible gorda...”
Rosa Espinoza: “¿Y qué? ¿Te afecta a ti que esté gorda?”
Hombre joven: ¿Y por qué te tirita la pera? (risas).
Rosa Espinoza: “¿Te afecta?, ¿te afecta, acaso? ¡No quiero que me huevií nunca más, perro culiao!”
Hombre joven: (más risas).
Rosa Espinoza: “No me huevií más, conchetumadre, ¿Te molesto yo a ti, acaso, perro culiao?”.
Mujer anónima: (risas desde el segundo piso).
Rosa Espinoza: “¿Y de qué te reís voh, perra culiá? Anda hacerle la competencia a la esquina, maraca culiá”...
Hombre joven: “Rosa, soy terrible ordinaria...”
Rosa Espinoza: ¿Y en qué te afecta a ti, perro culiao? ¡No quiero que me huevií nunca más, ¿escuchaste?!”
Hombre joven: (empuja a Rosa Espinoza).
Rosa Espinoza: “Déeeeeeeeja, perro culiao. ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!”

Fueron dos minutos y 38 segundos en los que miré abstraído por la comprobada capacidad de Rosa Espinoza para “defenderse” de los ataques del tipo que la increpaba porque estaba gorda (¡y ni siquiera es tanto, Rosa!). 2 minutos y 38 segundo en los que no dejamos de apretarnos la guata para reirnos de esta situación que se ha convertido en un ícono-flaite-cibernético.

No pretendo filosofar sobre el trasfondo de este asunto: denigración de la dignidad humana, desigualdad en el acceso a la educación, marginalidad social, vuelta a la teoría de la “aguja hipodérmica (virtual)”, etcétera. Sólo quise repasar mi sorpresa y mis carcajadas al oír, de boca de una señorita, tanto garabato junto. Y estoy seguro de que si yo mismo los dijera, no sonaría así de divertido. Nunca escuché completa la rutina de Paty Cofré o de Daniel Vilches (“el académico de la lengua”), pero me temo que incluso ellos fueron destronados del sitial que ostentaban.

Más allá de los garabatos, debo decir que me da pena la tal Rosa Espinoza, porque se nota que es una persona que debe tener algún tipo de trastorno de la personalidad. No es común (para no escribir “normal”, vicio en el que muchos caen) que alguien reaccione así frente a un oprobio de tan poca monta. No es común que agarre una botella de Coca Cola y amence a otra persona. No es común que dé gritos desgarradores mientras intenta poner a todos en su lugar.

Por ahora, me sigo riendo mientras recuerdo mi encuentro (virtual, eso sí) con lady Rosa Espinoza.

Rodrigo

04 junio 2007

Scoop y el "viejo-jugoso" (... con todo respeto)

Conocí a Woody Allen en una película que vi por casualidad en el cine. Se llamaba "Todos dicen te quiero", y me llamó la atención principalmente porque actuaba Julia Robert (a quien me dediqué a amar mientras era un jovenzuelo). Debo confesar que no recuerdo mucho la trama, aunque sí me llamó la atención su música. Era algo estéticamente bien cuidado, sobrio, pero con un toque contemporáneo-moderno-citadino que nos acercaba a una realidad más conocida.

No soy un eximio conocedor de la trayectoria de este personaje, pero debo decir que las dos últimas películas de él que he visto me han gustado mucho. La última de ellas fue Scoop (increíble que, siendo periodista, no haya conocido el significado de esta palabra hasta después de ver la película).

Se trata de un filme divertido, muy inglés (más que nada por su estética clásica y de grandes mansiones en campos privados), que mezcla muchas emociones a lo largo de la historia. Si bien es cierto está concebida como una comedia, también aborda sutilmente el drama y el suspenso. Claro, porque Woody Allen nunca ha podido permitirse hacer una película ´pareja`, donde lo obvio reine por sobre la incertidumbre. En este caso, por ejemplo, ocurren situaciones absurdas y cómicas que no parecen tener trascendencia, pero que, en definitiva, van armando una coartada perfecta una vez que se conoce el final.

Scoop es divertida. La actuación del propio Allen es bastante descollante y arranca carcajadas no sólo por sus acciones o por su modo de ser, sino que también por sus diálogos, que son alegres, divertidos, directos e inteligentes. Es de esas personas que hace comentarios irónicos (incluso sardónicos: "Aquí en Inglaterra, la gente conduce por el lado equivocado"), pero que no suenan a irreverencia, sino que a todo lo contrario: inteligencia. Son frases delicadas, que dan risa sólo en su contexto. El tipo es genial. Es un viejo jugoso* que hace lo que quiere. Y más encima, lo hace bien.

Me interesaba ver la película porque había leído algunas referencias y sabía que Scarlett Johanson (se está transformando en el fetiche de Allen esta mujer tan guapa) personificaba a una estudiante de periodismo infuenciada por la clásica premisa del seguimiento noticioso a cualquier precio. Y, en realidad, hay hartos elementos que se pueden rescatar y que tienen relación con el ejercidio de mi profesión. Es divertido ver cómo es apreciado "el cuarto poder" desde afuera: como una labor inquebrantable, incorrompible que genera pasiones... y que hace ver alucinaciones.
Si bien no siento ese bichito que motivaba a Johanson (como Sondra), me gustó que se abordara el tema de la "noticia" desde una perspectiva menos seria, pero igualmente seria (¿me explico?). Ojalá tuviera la oportunidad de ser parte de una conjunción de circunstancias que me llevaran a encontrar y publicar hechos noticiosos que dejan huellas (¡Una exclusiva! Scoop!!).


La música también es muy buena. Puros clásicos conocidos que en el cine se esuchan envolviendo los oídos. Qué bueno es saber que existe una ventana para poder apreciar este tipo de composiciones que le dan a la historia un moviemiento especial, porque uno se va imaginando pasos y escenas de acuerdo a los acordes que escucha.

La trama se puede leer en cualquier diario o sitio de Internet, así que no la voy a comentar mayormente. Lo único freak que me gustó mucho fue el juego paralelo que hace el director entre dos realidades; una que existe y otra que no se sabe; es decir, la vida (el aquí y ahora, que es el espacio temporal donde transcurre la historia) y la muerte (un mundo imaginado por Allen, en donde la muerte sigue siendo personificada por la clásica imagen de capucha y hoz). Muy bien logada esa ambientación que aleja al espectador del relato lineal de las películas convencionales.

Me gustó... Y, por supuesto, me gustó mucho más la compañía: Libertyberto Alberto Andrés Toribio Iloveny Yasuri y bacalao.


* Jugoso: Adj. Dícese de una persona irreverente, que disfruta de la vida haciendo cosas de las cuales se avergonzarían las personas más conservadoras y convencionales. Se trata de alguien que hace reír, a veces sin proponérselo. Por lo general, se trata de personas inteligentes, que gozan mucho y que son felices con lo que les ha tocado vivir.


Rodrigo

30 mayo 2007

G-dar


Ayer estaba hablando con una persona que conocí en el verano. Se trata de un muchacho joven, viajero, fotógrafo de corazón (biólogo de profesión) que se acercó a Bacalao y a mí para retratarnos en Cusco, mientras caminábamos una mañana.

Hasta ahora, nada interesante. Se trataba sólo de un pesonaje divertido que nos pidió un favor. Nosotros no pedimos nada a cambio... aunque, ahora que lo pienso, yo todavía estoy esperando la foto. Pero ése no es el tema. No quiero hablar sobre la amabilidad de los extranjeros o de su -como yo la llamo- "solidaridad turística". Eso sería bastante común de encontrar en cualquier viaje donde el destino sea algo tan majestuoso como MachuPicchu.

El asunto es otro; es cómo a veces somos capaces de reconocer ciertos códigos compartidos, que trascienden la idiosincrasia, las razas y las nacionalidades. ¿Qué nos lleva a descubrirlos? ¿Se trata de una condición innata que sólo reconocemos los que pertenecemos a ella? ¿Tenemos genes mutados o especialmente adaptados? Se trata de una suerte de reconocimiento implícito, que no siempre se hace patente... pero está allí. Siempre.

Ayer, entre broma y broma (y no sin un poco de vergüenza -"pena"-), me "confesó" que era homosexual. ¿Y?

Yo desde que lo vi, en lo alto de la ciudad de Cusco, supuse -primero, en tono jocoso- que era gay. Y no es que anduviera con una bandera multicolor en la espalda (que, por lo demás, es el estandarte de la propia ciudad) ni que sus modales fueran afeminados. Podría pensarse que esas características son señales inequívocas de su preferencia sexual... pero no. Era un chico muy viril, de apariencia poco ostentosa. Común.

Pero a mí "me sonó el radar". Así de simple. Creo haberlo comentado, aunque no estoy del todo seguro. Por supuesto que no se lo hice saber a él, porque no me interesa hurgar en la vida privada de personas que no conozco. La verdad, no me interesa (porque, incluso, podría prestarse para malos entendidos con mi propia pareja). Sólo me quedé con la sensación de haber puesto en marcha una "habilidad" que muchos compartimos (¡claro!).

Escribo todo esto, simplemente, porque me parece tan increíble que con sólo una parte de la historia (con la que es invisible a los ojos) podamos armar el resto de un cuadro que para la mayoría permanece siempre en el fondo del clóset o en el anonimato... No es sólo la ropa o los gestos, como se piensa. Es el modo de mirar... Es la actitud complaciente... es la piel... la química... No hay duda: es, simplemente, ESENCIA.

Rodrigo
(Foto: LatinStock)