04 junio 2007

Scoop y el "viejo-jugoso" (... con todo respeto)

Conocí a Woody Allen en una película que vi por casualidad en el cine. Se llamaba "Todos dicen te quiero", y me llamó la atención principalmente porque actuaba Julia Robert (a quien me dediqué a amar mientras era un jovenzuelo). Debo confesar que no recuerdo mucho la trama, aunque sí me llamó la atención su música. Era algo estéticamente bien cuidado, sobrio, pero con un toque contemporáneo-moderno-citadino que nos acercaba a una realidad más conocida.

No soy un eximio conocedor de la trayectoria de este personaje, pero debo decir que las dos últimas películas de él que he visto me han gustado mucho. La última de ellas fue Scoop (increíble que, siendo periodista, no haya conocido el significado de esta palabra hasta después de ver la película).

Se trata de un filme divertido, muy inglés (más que nada por su estética clásica y de grandes mansiones en campos privados), que mezcla muchas emociones a lo largo de la historia. Si bien es cierto está concebida como una comedia, también aborda sutilmente el drama y el suspenso. Claro, porque Woody Allen nunca ha podido permitirse hacer una película ´pareja`, donde lo obvio reine por sobre la incertidumbre. En este caso, por ejemplo, ocurren situaciones absurdas y cómicas que no parecen tener trascendencia, pero que, en definitiva, van armando una coartada perfecta una vez que se conoce el final.

Scoop es divertida. La actuación del propio Allen es bastante descollante y arranca carcajadas no sólo por sus acciones o por su modo de ser, sino que también por sus diálogos, que son alegres, divertidos, directos e inteligentes. Es de esas personas que hace comentarios irónicos (incluso sardónicos: "Aquí en Inglaterra, la gente conduce por el lado equivocado"), pero que no suenan a irreverencia, sino que a todo lo contrario: inteligencia. Son frases delicadas, que dan risa sólo en su contexto. El tipo es genial. Es un viejo jugoso* que hace lo que quiere. Y más encima, lo hace bien.

Me interesaba ver la película porque había leído algunas referencias y sabía que Scarlett Johanson (se está transformando en el fetiche de Allen esta mujer tan guapa) personificaba a una estudiante de periodismo infuenciada por la clásica premisa del seguimiento noticioso a cualquier precio. Y, en realidad, hay hartos elementos que se pueden rescatar y que tienen relación con el ejercidio de mi profesión. Es divertido ver cómo es apreciado "el cuarto poder" desde afuera: como una labor inquebrantable, incorrompible que genera pasiones... y que hace ver alucinaciones.
Si bien no siento ese bichito que motivaba a Johanson (como Sondra), me gustó que se abordara el tema de la "noticia" desde una perspectiva menos seria, pero igualmente seria (¿me explico?). Ojalá tuviera la oportunidad de ser parte de una conjunción de circunstancias que me llevaran a encontrar y publicar hechos noticiosos que dejan huellas (¡Una exclusiva! Scoop!!).


La música también es muy buena. Puros clásicos conocidos que en el cine se esuchan envolviendo los oídos. Qué bueno es saber que existe una ventana para poder apreciar este tipo de composiciones que le dan a la historia un moviemiento especial, porque uno se va imaginando pasos y escenas de acuerdo a los acordes que escucha.

La trama se puede leer en cualquier diario o sitio de Internet, así que no la voy a comentar mayormente. Lo único freak que me gustó mucho fue el juego paralelo que hace el director entre dos realidades; una que existe y otra que no se sabe; es decir, la vida (el aquí y ahora, que es el espacio temporal donde transcurre la historia) y la muerte (un mundo imaginado por Allen, en donde la muerte sigue siendo personificada por la clásica imagen de capucha y hoz). Muy bien logada esa ambientación que aleja al espectador del relato lineal de las películas convencionales.

Me gustó... Y, por supuesto, me gustó mucho más la compañía: Libertyberto Alberto Andrés Toribio Iloveny Yasuri y bacalao.


* Jugoso: Adj. Dícese de una persona irreverente, que disfruta de la vida haciendo cosas de las cuales se avergonzarían las personas más conservadoras y convencionales. Se trata de alguien que hace reír, a veces sin proponérselo. Por lo general, se trata de personas inteligentes, que gozan mucho y que son felices con lo que les ha tocado vivir.


Rodrigo

30 mayo 2007

G-dar


Ayer estaba hablando con una persona que conocí en el verano. Se trata de un muchacho joven, viajero, fotógrafo de corazón (biólogo de profesión) que se acercó a Bacalao y a mí para retratarnos en Cusco, mientras caminábamos una mañana.

Hasta ahora, nada interesante. Se trataba sólo de un pesonaje divertido que nos pidió un favor. Nosotros no pedimos nada a cambio... aunque, ahora que lo pienso, yo todavía estoy esperando la foto. Pero ése no es el tema. No quiero hablar sobre la amabilidad de los extranjeros o de su -como yo la llamo- "solidaridad turística". Eso sería bastante común de encontrar en cualquier viaje donde el destino sea algo tan majestuoso como MachuPicchu.

El asunto es otro; es cómo a veces somos capaces de reconocer ciertos códigos compartidos, que trascienden la idiosincrasia, las razas y las nacionalidades. ¿Qué nos lleva a descubrirlos? ¿Se trata de una condición innata que sólo reconocemos los que pertenecemos a ella? ¿Tenemos genes mutados o especialmente adaptados? Se trata de una suerte de reconocimiento implícito, que no siempre se hace patente... pero está allí. Siempre.

Ayer, entre broma y broma (y no sin un poco de vergüenza -"pena"-), me "confesó" que era homosexual. ¿Y?

Yo desde que lo vi, en lo alto de la ciudad de Cusco, supuse -primero, en tono jocoso- que era gay. Y no es que anduviera con una bandera multicolor en la espalda (que, por lo demás, es el estandarte de la propia ciudad) ni que sus modales fueran afeminados. Podría pensarse que esas características son señales inequívocas de su preferencia sexual... pero no. Era un chico muy viril, de apariencia poco ostentosa. Común.

Pero a mí "me sonó el radar". Así de simple. Creo haberlo comentado, aunque no estoy del todo seguro. Por supuesto que no se lo hice saber a él, porque no me interesa hurgar en la vida privada de personas que no conozco. La verdad, no me interesa (porque, incluso, podría prestarse para malos entendidos con mi propia pareja). Sólo me quedé con la sensación de haber puesto en marcha una "habilidad" que muchos compartimos (¡claro!).

Escribo todo esto, simplemente, porque me parece tan increíble que con sólo una parte de la historia (con la que es invisible a los ojos) podamos armar el resto de un cuadro que para la mayoría permanece siempre en el fondo del clóset o en el anonimato... No es sólo la ropa o los gestos, como se piensa. Es el modo de mirar... Es la actitud complaciente... es la piel... la química... No hay duda: es, simplemente, ESENCIA.

Rodrigo
(Foto: LatinStock)

24 mayo 2007

Otra crónica "usurpada" (considérese homenaje)


Traté de hacerme el tiempo para escribir algo sobre el "revuelo" que han causado las fotos de la Bolocco en Miami. Tengo un claro punto de vista al respecto, pero me permití seguir el "caso" unos días para tener más argumentos sobre la mesa a la hora de opinar. Leyendo, leyendo, me encontré con esta columna de opinión -escrita por Larry Moe en Las Últimas Noticias de hoy- y no pude evitar exponerla en mi Blog, ya que es, precisamente, lo que pienso; ni una palabra más ni una palabra menos.

Ojo, porque acá no estoy abordando el tema de la invasión de los medios en la vida privada de los personajes públicos (tema que, por lo demás, fue desarrollado ampliamente en mi Tesis de Pregrado en la PUCV). Eso da para un debate mucho más extenso, con mucha más altura de miras, con mucho más peso...

Rodrigo


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EPIDEMIA DE CARTUCHÓLOGOS


O yo estoy loco o nadie entiende nada de nada en el sabroso caso de las fotos de Cecilia Bolocco. ¡Si la tipa estaba en su casa!, que para más remate... ¡queda en una isla! A solas con el pinche de visita y los patos cayendo asados en Miami, ¿pretendían que ese domingo se quedara viendo HBO en el living? ¿Acaso no han leído nunca sobre el "calentamiento" global?

Una retógrada corriente de pechoñismo se ha tomado a parte importante de nuestra opinología, figuras consulares que se muestran sorprendentemente escandalizadas al constatar que una mujer sexualmente activa y que hace tres años que no tiene vida marital esté en la flor del deseo, como lo establece toda la loteratura científica disponible.

A todo esto, nadie ha reparado en la (involuntaria o no) nobleza del gesto de Menem de informar que hace rato están separados de hecho. Claro, todos dicen que lo hizo porque no quiso quedar como cornudo, pero su aclaración de pasadita dejó sentado que ella técnicamente no es una mala mujer. Los ciervos son criaturas muy tiernas.

Tal como yo, Julián Elfenbein ("Gente como tú"), Julio César Rodríguez ("Mucho gusto") y Fernanda Hansen ("Mira quién habla") se han desmarcado de quienes se golpean el pecho fingidamente consternados (obviamente agrupados en "S.Q.P.", que destapó el temita y quedó amarrado a una sospechosa posición en bloque que exige poco menos que la excomunicón de Chechi).

Ciertamente, la gente en la calle ha mostrado mucho más progresismo y madurez que este último tipo de cartuchólogos. Y eso se ve en las encuestas que ayer hicieron Avello y Kaminski, donde la gente reflejó su parecer con la frase "y qué tanto, si es la vida de ella", la que se repitió varias veces.

Esas imágenes muestran a la Cecilia Bolocco más feliz y radiante que he visto en años. En ellas no hay ningún delito mayor hasta donde entiendo. Eso me basta para no condenarla a la pestilente hoguera de la inquisición en que de pronto se ha convertido la tele. ¿La pillaron drogándose acaso?, ¿traficando armas? Es sólo pasión, manga de hipócritas.

22 mayo 2007

La Agrado y "Todo sobre mi madre"


"Por causas ajenas a su voluntad, dos de las actrices que diariamente triunfan sobre este escenario hoy no pueden estar aquí. ¡Pobrecillas!... Así que se suspendela función. A los que quieran, se les devolverá el dinero de la entrada, pero a los que no tengan nada mejor que hacer -y para una vez que venid al teatro- es una pena que os vayáis. Si os quedáis, yo prometo entreteneros contándoles la historia de mi vida. (Algunas personas se paran, especialmente unos ancianos). ¡Adiós, los siento!, eh. Si les aburro, hagan como que roncan.. ¡Así! (imita un ronquido exagerado). Yo me cojo enseguida y para nada hieren mi sensibilidad, de verdad.
Me llaman La Agrado, porque toda mi vida sólo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica. ¡Miren qué cuerpo! Todo hecho a medida... Rasgado de ojos, ochenta mil. Nariz, doscientos mil...¡tirados a la basura!, porque un año después me la pusieron así de otro palizón. Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo, ni me la toco.

(El público ríe).
Continúo... ¿Tetas? Dos... porque no soy ningún monstruo. Setenta mil cada una, pero éstas ya las tengo súper amortizadas. Silicon... ("¡¿dónde?!", pregunta un joven desde el público). Labios, frente, pómulos, cadera y culo. El litro cuesta unas cien mil, así que hechan la cuenta, porque yo ya la he perdido. Limadura de mandíbula, setenta mil. Depilación definitiva láser -porque la mujer también viene del mono, bueno, tanto o más que el hombre-, sesenta mil por sessión. Depende de lo barbuda que uno sea, lo normal es de dos a cuatro sesiones... Pero si eres folclórica necesitas más, claro.

(El público aplaude con estridencia).

Bueno, lo que les estaba diciendo es que cuesta mucho ser auténtica, señora. Y en estas cosas no hay que ser rácana... porque una es más auténtica cuanto más se parezcaa lo que se ha soñado de sí misma".

(Ovación).




Más allá de lo divertido que puede resultar el monólogo de La Agrado frente a una concurrencia heterogénea y curiosa, lo que me gusta es la composición general de la escena. Se trata de un soliloquio de una persona que reúne las características que en nuestra sociedad suelen ser apuntadas con el dedo: un travesti que se trata de rehabilitar del mundo de la psotitución y que se encandila con el mundo del brillo y el glamour (por más que ella no sea protagonista directa). Pero aquí está ella, renovada y sonriente, ofreciendo disculpas por una situación extrema de la cual no tiene arte ni parte. Sus palabras son coloquiales, hilarantes y atropelladas, pero tienen un trasfondo humano muy intenso. Y qué mejor muestra de eso que la última parte de su discurso: "Uno es más auténtico mientras más se parece a lo que ha soñado de sí mismo".

No podría decir que sólo la participación de La Agrado es lo que me atre de "Todo sobre mi madre", de Almodóvar. Es ella, claro, pero también un conjunto de factores que se van desnudando en la trama. Es la sutileza de las imágenes -incluso en aquéllas donde se muestra el mundo de la prostitución y el sexo exprés en las calles-, el color, la música, el dramatismo que imprime la historia central. Es el ´toque Almodóvar` que se manifiesta en pleno en una de sus más grandes obras.

El fin de semana pasado tuve la posibilidad de ver esta película por enésima vez. Y tal como me ocurre con todos los episodios de El Chavo del 8 (donde sé perfectamente qué va a pasar o qué va a decir alguno de los personajes), me siento hipnotizado durante los casi 100 minutos que dura "Todo sobre mi madre". Ahí estaba otra vez la bella, joven (y a esa altura poco conocida) Penélope Cruz -Rosa-, viviendo penurias por culpa de su corazón altruista, su no-familia y una calentura pasajera que la ha condenado perpetuamente. Menos mal que en su vida aparece Manuela (Cecilia Roth, de quien me enamoré cuando vi un filme argentino -que me encanta- que se llama "Cenizas del Paraíso") y le ayuda a crecer.

Y qué decir de la estética ambigua que siempre está presente en las producciones de El Deseo, con Almodóvar a la cabeza. Y no se trata sólo de una cuestión que desborde sexualidad (que, por cierto, se hace patente), sino que de algo que lo trasciende. Es esa constante dicotomía entre una y otra apariencia lo que hace interesante la película: el hombre y la mujer; la fama y el olvido; la familia y las drogas; el dolor y la esperanza... todo en oposición, aunque bien sabemos que nada de eso puede vivirse sin matices. Y ese eclecticismo, precisamente, es lo que se manifiesta en lo más evidente: la presencia de La Agrado y de Lola, dos personas que nacieron como hombres, pero que lucharon por ser mujeres... auténticas mujeres. Porque uno es más auténtico mientras más se parece a lo que soñó de sí mismo...
Rodrigo

El "lado B" del Combate naval de Iquique (léanlo: es interesante)


Lo encontré muy interesante y absolutamente contingente. Es como "el lado B" del manoseado Combate Naval de Iquique. No tengo nada contra las personas que lo celebran como un hito heróico en nuestra patria reciente, pero me cansa escuchar lo mismo año a año. ¿No es tiempo ya de reconocer a todos esos "otros héroes" que la historia, el desdén y el olvido se encargan de sepultar? Reproduzo entera la crónica de Pedro Lemebel, de La Nación Domingo recién pasada:
Rodrigo

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LOS AMANTES DE LA ESMERALDA

Casi borrado por el humear de la “Esmeralda” en el Combate Naval de Iquique, este suceso devela otras pasiones que navegaban a bordo del histórico buquecito. Si no fuera por el informe entregado por Gualterio Lekie, médico de la embarcación, nunca hubiéramos sabido que, seis años antes de la gesta del ’79, mientras la “Esmeralda” surcaba alta mar en las olas crespas del Pacífico, cuando la tripulación dormía a raja suelta en los vaivenes de la marea, el guardiamarina Carlos Eledna no podía conciliar el sueño. Y entre más trataba de relajarse, más fuerte era la calentura que lo revolcaba en el camarote pensando en el paje que había llegado esa semana. El bello José Mercedes Casanga, un jovenzuelo de nalgas apretadas por el pantalón blanco que usaban los aspirantes.

Desde que lo vio subir a bordo, esas ganas de tenerlo en sus brazos no lo dejaban vivir, ni siquiera podía concentrarse y lo olvidaba todo ante la presencia del paje, que le preguntaba mil veces lo mismo, poniéndole esas caritas de cordero cuando él pasaba revista a la tropa formada en cubierta. Al parecer, el paje se había dado cuenta del flechazo, y también le hacía ojitos, porque le gustaba sentirse empelotado por la mirada ardiente de Carlos, siguiéndolo, sapeándolo cuando se desnudaba para acostarse. Tal pasión inconclusa era la tortura de Carlos que, ahogándose de amor, salía a la cubierta desvelado para fumar un cigarro. Ya no le importaba el grumete anterior, con el cual había tenido un enlace secreto en viajes anteriores de la “Esmeralda” por el litoral central. Pero era tan celoso, parecía una mujer enrostrándole cada trasnoche de farra en los puertos donde paraba el barco. Este otro era diferente, parecía un huasito falto de cariño en su humildad de paje naval venido del campo.

Esa noche, el viento esparcía una llovizna salada en la popa cuando descubrió la figura del joven flotando en la bruma. El cielo era un jirón de sargazos que lo mantenían levitando, subiendo y bajando en ese coito estrellado de cielo y mar. Un ojazo de luna plateó sus cabellos cuando Carlos se acercó a sus espaldas, cuando el paje, sin dejar de mirar el horizonte y sin girar la cabeza, le preguntó: ¿Usted también sufre de insomnio?

Desde aquella noche en que pasó de todo entre el paje y el guardiamarina de la “Esmeralda”, el navío fue el aposento nupcial donde la pareja de hombres dio rienda suelta al “amor que no se nombra”. Cada noche, en cada amanecer, Carlos gateaba por la cubierta en busca de su pajecito, su José Mercedes, su cadete naval que lo esperaba donde mismo, en esa parte del barco donde no llegaba la guardia. Aquel rincón oscuro donde la bandera al viento era un telón protector. Ahí mismo el marinero lo bienvenía con su aliento de fiebre sumergida. Y eran tan felices anudados, empalándose uno sobre otro, que olvidaban la patria naval en los espolonazos de las cachas espumantes. Ni siquiera la luz del amanecer los despertó esa mañana cuando los encontraron semidesnudos, abrazados, al pie del pabellón que los arropaba con su sombra movediza.

Aquel violento despertar con el chapuzón de agua fría que les tiraron encima fue el inicio de una pesadilla para los amantes de la “Esmeralda”. Carlos sólo atinó a taparse las partes íntimas con su guerrera, y el pequeño paje se enroscó en su desnudez como un caracol avergonzado. Arriba, el círculo de oficiales los miraba con asco cuando se dio la orden de encarcelarlos separados para organizar el juicio. El tribunal estaría compuesto por el mando de la corbeta, formado por Luis Lynch, Arturo Prat, Carlos Moraga, Miguel Gaona, Enrique Gutiérrez y el médico Gualterio Lekie, encargado del peritaje en los órganos sexuales de los acusados. El hallazgo de semen fresco y pequeñas lesiones anales fueron pruebas suficientes para condenarlos por el “pecado nefando”, como se llamaba en esa época al amor entre hombres. La sentencia dictaminaba 10 años de cárcel para ambos, en un presidio de Valparaíso, además de 60 azotes a espalda descubierta en presencia de toda la tripulación.

La mañana era fría cuando Carlos y José Mercedes se volvieron a encontrar en cubierta para recibir el castigo. Los dos fueron amarrados al palo mayor y de un violento tirón les arrancaron las camisas. Apenas alcanzaron a mirarse cuando el chicotazo del látigo les rajó la espalda con su caricia quemante. La huasca del verdugo les abría la piel una y otra vez, uniéndolos en el mismo ardor, en el mismo prohibido amor que en ese altar flotante de la patria pagaba su delito. El joven paje sólo resistió 40 azotes antes de desmayarse. Después fueron encarcelados hasta que la “Esmeralda” llegó a Valparaíso, donde fueron conducidos al penal en el que cumplieron el resto de la pena.

Hasta ahí el informe escrito por la mano temblorosa del médico deja constancia del hecho. El resto, nadie lo sabe. Pudo ocurrir que después de los 10 años de condena, Carlos Eledna y José Mercedes Casanga se encontraran nuevamente libres frente al mar. Cuando ya no quedaban testigos de aquel juicio, porque Prat y toda la tripulación de la “Esmeralda” se habían inmolado seis años antes, en las aguas del Combate Naval de Iquique. Y ellos, la pareja de amantes humillados, se perdieron la oportunidad de inscribirse como héroes en las páginas de la patria, pero ganaron algunas borrosas líneas en la oculta bitácora de la historia homosexual.

* Esta crónica está inspirada en el resumen de sentencias de la Gaceta de los Tribunales, año 1873, sentencia Nº 2420, página 937. Juicio por sodomía contra el guardiamarina segundo Carlos Eledna y José Mercedes Casanga.

(Foto: Corbis)

15 mayo 2007

Mi (otro) álter ego


Hace muy poco conocí a "Loa Muppets". Primero fue un acercamiento con La Rana René, mediante una polera que le regalé a Bacalao y una bandeja que él, en retribución, me entregó para adornar mi -nuestro- departamen...tito.

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Siempre me han gustado las galletas. Desde que era niño, prefería un par de ricas y crujientes galletas de chocolate o miel antes que comer un trozo de pan. Crecí rodeado de los agasajos de mi abuela, los que incluían todo tipo de golosinas dulces; cómo olvidar las clásicas Nik, nik, nik, nik... (na na na naaaaa).

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Mis abuelos acuden cada miércoles a un centro de ancianos, donde hay actividades recreativas; entre ellas, destaca un bingo que cada semana reparte pequeños premios. Lo último que mi abuelita Lidia se ganó fue una cinta de VHS titulada "Elmo Ceniciento", de Los Muppets.

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Crecí teniendo una especial predilección por las galletas antes de dormirme, al desayuno, a la hora del té, en el recreo, en la jornada de trabajo, después de hacer el amor... Y sigo así... a tal punto que las personas que más me conocen destacan esa característica de mi personalidad insaciable. Bacalao siempre me lo comentó con mucha simpatía.

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Puse la cinta en el reproductor y comencé a ver la historia de Elmo Ceniciento. "Sólo el principio", me dije; pero la historia me cuativó hasta el final. Me reí mucho y me gustaron todos los personajes. Y por fin comprobeé que tengo otro álter ego (que no es Mèrie Chantal Exupèry): ¡el Monstruo come-galletas! Bacalao, ¡tenías razón!

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El Monstruo come-galletas debutó en 1969, como un personaje anónimo que se comía la letra "W" en un sketch con la Rana René. Había sido creadopara un comercial de papas fritas y su nombre era Arnold. Sin embargo, no hizo la publicidad, porque la compañía no quiso presentar la imagen de un monstruo comiendo papas.

A pesar de que apareció en la campaña estadounidense a favor del consumo de la leche, el Monstruo come-galletas fue considerado por muchas personas como un mal ejemplo para los niños, al incentivar un consumo desmedido (y completamente deschavetado) de galletas. Por lo mismo, la compañía decidió en el 2005 cambiar su dieta por vegetales (berenjenas) y, a la vez, cambiar su discurso por frases como "Las galletas son una comida para de vez en cuando..."

Independientemente de lo que coma, es mi personaje favorito: un poco loco, un poco cuerdo.

Lo que es yo, seguiré devorando mis galletas.

Rodrigo

11 mayo 2007

"Y yo me preguntaba si..."

Parte V: La primera velada de Mèrie Chantal en París: de cómo conoció a Pierre
Eran las 8 en punto cuando el apuesto y maduro galán llegó a la entrada del restaurante, a un costado del Museo del Luvre. Se sentó en un escaño ubicado junto a la puerta y encendió un cigarrillo. Comenzó a exhalar bocanadas de humo blanco, con elegancia, mientras miraba de reojo su reloj. La hora avanzaba y la escultural rubia modelo no llegaba a la cita. Armóse de paciencia y siguió fumando. De vez en cuando, uno de los meseros salía a la calle e intercambiaba un par de palabras con él. Seguramente, estaba argumentando que "su chica" llegaría más tarde de lo acordado.

Lo que Pierre -así se llamaba el hombre- no sabía era que, durante todo ese rato, Marieànge lo había estado observando, escondida detrás de un muro próximo desde el cual veía la fachada del restaurante. Había llegado veinte minutos antes de la hora señalada y, fiel a sus impulsos pueblerinos y humildes, había sentido miedo. Estuvo observando cada maniobra de el elegante caballero que fumaba, pero no se atrevía a cruzar la calle. ¿Y si ya no la encontraba tan espectacular ahora que usaba sólo un vestido de calle? ¿Y si decía algo inadecuado o él descubría que, en realidad, no se llamaba Mèrie Chantal? ¿Y si le preguntaba su apellido, qué diría?: todos esos temores trataban de ser resueltos mientras seguía en su improvisado refugio.

Cuando faltaban 15 minutos, la paciencia se había agotado. Pierre se levantó con ritmo pausado, pero estaba visiblemente molesto por aquella afrenta: ¡dejar esperando a uno de los hombres más cotizados por las mujeres de la alta sociedad parisiense! De todos modos, sabía que no iba a faltarle una cita para esa noche. Era cosa de levantar al auricular y marcar al azar uno de los números refistrados. Al otro lado de la línea habría alguien que aceptaría gustosa pasar una romántica velada en un restaurante... o en la habitación de algún hotel elegante.

Había caminado un par de pasos cuando Mèriange -Mèrie Chantal- asió con fuerza el hombro de su anfitrión. Él se dio vuelta y vio el rostro perfecto de la mujer que deslumbraba con tan solo sonreír. Ella lucía el cabello suelto, llevaba grandes aretes y un ajustado vestido blanco de seda. Se veía muy bien, aunque mucho menos rutilante que en el desfile de modas, evidentemente...

Después de las disculpas de rigor -Mèrie Chantal adujo sobre carga de trabajo como modelo de la Casa de Marriette-, ambos se dirigieron a comer. Estuvieron en el restaurante un poco menos de dos horas. Se les vio conversar, reír bastante y tomar el mejor vino chileno. En su afán por conocer mejor a aquella musa, Pierre había hecho todo tipo de preguntas a su cita. Una de ellas, por supuesto, había sido la (resumida) historia de su vida: origen, familia, apellidos... ¡Apellidos! ¡Justo lo que ella había estado tratando de evitar! Pero como sabía que iba a ser increpada en ese aspecto, ya tenía la respuesta precisa: Exupèry, tal como el escritor de "El Principito", el único libro laico que había leído en el convento.

Así fue como Mèrie Chanta Exupèry conquistó a Pierre de Bardieu. Bastó tan solo un par de horas para que surgiera en él un deseo casi irrefrenable; una pasión desbordante que al principio trató de disimular, pero que, a poca andada la noche, se transformó en un pensamiento constante. Era improbable que aquello fuera amor, porque no bastaban esos datos para rendirse a los pies y al corazón de la rubia modelo... ¿O sí? Quizás sus ojos azules y su sonrisa blanca y perfecta fuera suficiente para cautivar hasta al más esquivo de los especímenes humanos. ¿Qué tenía aquella mujer, criada por monjas, que había llegado hacía tan poco a París?
Fuere lo que fuere, Pierre estaba dispuesto a descubrirlo aquella misma noche.
Salieron del restaurante, pasaron por el frente de la pirámide del Luvre y llegaron a la calle que los conducía a la Casa de Marriette y, como buen galán, no quiso que la joven caminara sola. Se había ofrecido a acompañarla, pero, en realidad, tenía la ilusión de desviarse del camino y llegar directamente a un hotel. Pero ¿aceptaría ella? ¿Cómo proponérselo sin parecer un fauno hambriento? Después de todo, a simple vista ella era una mujer refinada, sobria y, sobre todo, astuta... Aunque si realmente lo era, no pensaría siquiera en la posibilidad de negarse.

Caminaron en silencio, hasta que Pierre se decidió. Inspiró profundamente y comenzó con el discurso habitual:

- Ha sido una velada increíble. Hacía tiempo que no me divertía tanto... Eres... realmente especial...
- Lo mismo digo (el vino había hecho efecto).
- Me preguntaba si te gustaría acompañarme...
- Y yo me preguntaba cuánto tendría que esperar para oír eso...

Mèrie Chantal Exupèry y Pierre de Barideu doblaron por una estrecha calle y caminaron en silencio. Esa noche no llegaron a La Casa de Marriette.
(foto: LatinStock)