13 junio 2007

(in)comprensión lectora


Definitivamente, la gente en Chile no sabe leer. O, peor aún, no entiende lo que lee. Siempre quise creer que las estadísticas que nos señalan como uno de las poblaciones con menor comprensión lectora no eran más que números agrupados para generar un efecto deseado. Pero no. Cada día, en cada actividad cotidiana, me doy cuenta de que las personas no son capaces de comprender las señales más sencillas que están a su pasao. No sé si es desidia, ignorancia o franca estupidez, pero me cansa ser testigo visualeste tipo de situaciones.

Ayer fui al banco a hacer un depósito. Como muchos deben saber, ahora existe un nuevo sistema que permite introducir un sobre con la cantidad de dinero que uno va a depositar. Es un sistema efectivo, que permite un increíble ahorro de tiempo (filas interminables). Sin embargo, las personas no saben usarlo. ¿Les da vergüenza hacer lo que DICE CLARAMENTE en pantalla? ¿Qué tan difícil puede ser seguir instrucciones? Es tan fácil como la pantalla y operar, igual que un autómata (y que conste que no estoy a favor de la automatización de las personas): "Introduzca el número de cuenta, digite el monto del depósito. Espere. Ahora, introduzca el sobre. Espere mientars se procesa su transacción. Retire el comprobante. ¿Desea hacer otra operación?".

Podría entender que personas adultas no se acostumbran al sistema. Ellos, por lo general, prefieren el proceso "a la antigua", porque las tecnologías siempre les generan desconfianza. Y hasta cierto punto, es lógico que reaccionen así, no sólo por la terquedad intrínseca de la tercera edad, sino también porque no son capaces de maniobrar máquinas con tanta agilidad y precisión como alguien de una generación menor. Pero las personas que ayer estaban depositando en el banco eran jóvenes y así todo, no dejaban de molestar al guardia para que los guiara.

Puede ser que tuvieran pánico escénico. Quizás querían asegurarse de que su dinero no iba a caer en las manos (o en las cuentas) equivocadas. Como fuere, se trataba sólo de preguntas de rutina: "¿Dónde escribo la cuenta? ¿Introduzco el sobre ahora o espero? "¡Señor, señora, lea lo que dice ahí!".

Ejemplos cotidianos y tan aparentemente insignificantes como éste se dan en todo momento. Desde las personas que suben las escaleras del metro por donde dice, expresamente, BAJADA (o al revés. Para el caso, da lo mismo), hasta aquellos que insisten en entrar por una puerta en cuyo vidrio hay un enorme papel pegado que dice NO ABRIR.

Todo esto me hace recordar el típico ejercicio que se hace en las escuelas, sólo para enrostrar a los alumnos que no entienden nada de nada cuando leen (o para demostrarle lo porfiados que pueden llegar a ser). Se les entrega una hoja con las siguientes instrucciones:

1.- Primero, lea con atención todas las instrucciones.
2.- Para escribir, utilice lápiz de pasta azul o negro.
3.- Escriba su nombre en el costado superior de la hoja
4.- A continuación, escriba su fecha de nacimiento (el mes en mayúsculas, por favor).
5.- Escriba su número de lista en la parte inferior del papel.
6.- (etc).
7.- (...) No realice ninguna de las instrucciones señaladas anteriormente y entregue esta hoja en blanco.

Típico que todos caen. Y todo porque no se dan cuenta de que, al comienzo, dice "primero, lea todas las instrucciones".

Definitivamente, no estamos hechos para seguir instrucciones, ja ja ja.

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Algo relacionado con este tema me pasó a mí el fin de semana, aunque no se trató de un problema en la comprensión de lectura, sino que simplemente en flojera o descuido. Leí un cartel que mencionaba una oferta en el supermercado y, luego de pensarlo unos minutos, me decidí por llevar ese producto. Lástima que cuando pagué, había otro precio. Por supuesto, reclamé -indignado-, pero la cajera tuvo la gentileza de aclararme que ese cartel decía, un poco más abajo "sólo para clientes que pagan con tarjeta XX". Tengo castigo: debo leer la letra chica. Debo leer la letra chica... 100 veces.
Rodrigo
(foto: LatinStock)

12 junio 2007

Rosa Espinoza: nuevo ícono virtual

A pesar de que me creé una cuenta cuando Youtube® recién comenzaba, nunca fui un usuario empedernido del famoso programita, principalmente porque no tuve el tiempo suficiente para dedicarme a navegar entre tanta manifestación artística de la raza humana (hay que ver lo sorprendente y prolífera que es la imaginación de aquellos que suben videos).

Sin embaro, el pasado fin de semana no pude resisitr la tentación de ser testigo directo de un fenómeno del que muchos hablaban. Había leido, incluso, un par de notas en los diarios (en realidad, fue en Las Últimas Noticias, del cual no tengo una buena opinión en términos de contenidos de la entrega noticiosa), pero no sabía exactamente de qué se trataba...

... Hasta que los dedos de mi amigo digitaron las 3 palabras clave: hermanos-de-sangre. “¿Hermanos de sangre?”, pensé. Sin duda, un nombre algo extraño para catalogar la situación que me había imaginado (ayudado por la mítica Paty Cofré y sus “15 segundos” al ritmo del Minuet de Bach): una mujer diciendo un par de garabatos.

Luego de unos segundos, ahí estaba la imagen. ¡La imagen y el audio! (que, en este caso, es mucho más importante que lo que se pueda ver). Ése fue mi encuentro, cara a cara, con Rosa Espinoza, “la chilena más garabatera del país”, según consta en algunos foros de Internet. ¿Qué podía ofrecerme esta chilena de apariencia normal, de clase media, compartiendo con sus familiares? La respuesta no se hizo esperar.
No recuerdo el diálogo exacto, pero la conversación comenzaba con algo así:

Hombre joven: “Rosa, estái terrible gorda...”
Rosa Espinoza: “¿Y qué? ¿Te afecta a ti que esté gorda?”
Hombre joven: ¿Y por qué te tirita la pera? (risas).
Rosa Espinoza: “¿Te afecta?, ¿te afecta, acaso? ¡No quiero que me huevií nunca más, perro culiao!”
Hombre joven: (más risas).
Rosa Espinoza: “No me huevií más, conchetumadre, ¿Te molesto yo a ti, acaso, perro culiao?”.
Mujer anónima: (risas desde el segundo piso).
Rosa Espinoza: “¿Y de qué te reís voh, perra culiá? Anda hacerle la competencia a la esquina, maraca culiá”...
Hombre joven: “Rosa, soy terrible ordinaria...”
Rosa Espinoza: ¿Y en qué te afecta a ti, perro culiao? ¡No quiero que me huevií nunca más, ¿escuchaste?!”
Hombre joven: (empuja a Rosa Espinoza).
Rosa Espinoza: “Déeeeeeeeja, perro culiao. ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!”

Fueron dos minutos y 38 segundos en los que miré abstraído por la comprobada capacidad de Rosa Espinoza para “defenderse” de los ataques del tipo que la increpaba porque estaba gorda (¡y ni siquiera es tanto, Rosa!). 2 minutos y 38 segundo en los que no dejamos de apretarnos la guata para reirnos de esta situación que se ha convertido en un ícono-flaite-cibernético.

No pretendo filosofar sobre el trasfondo de este asunto: denigración de la dignidad humana, desigualdad en el acceso a la educación, marginalidad social, vuelta a la teoría de la “aguja hipodérmica (virtual)”, etcétera. Sólo quise repasar mi sorpresa y mis carcajadas al oír, de boca de una señorita, tanto garabato junto. Y estoy seguro de que si yo mismo los dijera, no sonaría así de divertido. Nunca escuché completa la rutina de Paty Cofré o de Daniel Vilches (“el académico de la lengua”), pero me temo que incluso ellos fueron destronados del sitial que ostentaban.

Más allá de los garabatos, debo decir que me da pena la tal Rosa Espinoza, porque se nota que es una persona que debe tener algún tipo de trastorno de la personalidad. No es común (para no escribir “normal”, vicio en el que muchos caen) que alguien reaccione así frente a un oprobio de tan poca monta. No es común que agarre una botella de Coca Cola y amence a otra persona. No es común que dé gritos desgarradores mientras intenta poner a todos en su lugar.

Por ahora, me sigo riendo mientras recuerdo mi encuentro (virtual, eso sí) con lady Rosa Espinoza.

Rodrigo

04 junio 2007

Scoop y el "viejo-jugoso" (... con todo respeto)

Conocí a Woody Allen en una película que vi por casualidad en el cine. Se llamaba "Todos dicen te quiero", y me llamó la atención principalmente porque actuaba Julia Robert (a quien me dediqué a amar mientras era un jovenzuelo). Debo confesar que no recuerdo mucho la trama, aunque sí me llamó la atención su música. Era algo estéticamente bien cuidado, sobrio, pero con un toque contemporáneo-moderno-citadino que nos acercaba a una realidad más conocida.

No soy un eximio conocedor de la trayectoria de este personaje, pero debo decir que las dos últimas películas de él que he visto me han gustado mucho. La última de ellas fue Scoop (increíble que, siendo periodista, no haya conocido el significado de esta palabra hasta después de ver la película).

Se trata de un filme divertido, muy inglés (más que nada por su estética clásica y de grandes mansiones en campos privados), que mezcla muchas emociones a lo largo de la historia. Si bien es cierto está concebida como una comedia, también aborda sutilmente el drama y el suspenso. Claro, porque Woody Allen nunca ha podido permitirse hacer una película ´pareja`, donde lo obvio reine por sobre la incertidumbre. En este caso, por ejemplo, ocurren situaciones absurdas y cómicas que no parecen tener trascendencia, pero que, en definitiva, van armando una coartada perfecta una vez que se conoce el final.

Scoop es divertida. La actuación del propio Allen es bastante descollante y arranca carcajadas no sólo por sus acciones o por su modo de ser, sino que también por sus diálogos, que son alegres, divertidos, directos e inteligentes. Es de esas personas que hace comentarios irónicos (incluso sardónicos: "Aquí en Inglaterra, la gente conduce por el lado equivocado"), pero que no suenan a irreverencia, sino que a todo lo contrario: inteligencia. Son frases delicadas, que dan risa sólo en su contexto. El tipo es genial. Es un viejo jugoso* que hace lo que quiere. Y más encima, lo hace bien.

Me interesaba ver la película porque había leído algunas referencias y sabía que Scarlett Johanson (se está transformando en el fetiche de Allen esta mujer tan guapa) personificaba a una estudiante de periodismo infuenciada por la clásica premisa del seguimiento noticioso a cualquier precio. Y, en realidad, hay hartos elementos que se pueden rescatar y que tienen relación con el ejercidio de mi profesión. Es divertido ver cómo es apreciado "el cuarto poder" desde afuera: como una labor inquebrantable, incorrompible que genera pasiones... y que hace ver alucinaciones.
Si bien no siento ese bichito que motivaba a Johanson (como Sondra), me gustó que se abordara el tema de la "noticia" desde una perspectiva menos seria, pero igualmente seria (¿me explico?). Ojalá tuviera la oportunidad de ser parte de una conjunción de circunstancias que me llevaran a encontrar y publicar hechos noticiosos que dejan huellas (¡Una exclusiva! Scoop!!).


La música también es muy buena. Puros clásicos conocidos que en el cine se esuchan envolviendo los oídos. Qué bueno es saber que existe una ventana para poder apreciar este tipo de composiciones que le dan a la historia un moviemiento especial, porque uno se va imaginando pasos y escenas de acuerdo a los acordes que escucha.

La trama se puede leer en cualquier diario o sitio de Internet, así que no la voy a comentar mayormente. Lo único freak que me gustó mucho fue el juego paralelo que hace el director entre dos realidades; una que existe y otra que no se sabe; es decir, la vida (el aquí y ahora, que es el espacio temporal donde transcurre la historia) y la muerte (un mundo imaginado por Allen, en donde la muerte sigue siendo personificada por la clásica imagen de capucha y hoz). Muy bien logada esa ambientación que aleja al espectador del relato lineal de las películas convencionales.

Me gustó... Y, por supuesto, me gustó mucho más la compañía: Libertyberto Alberto Andrés Toribio Iloveny Yasuri y bacalao.


* Jugoso: Adj. Dícese de una persona irreverente, que disfruta de la vida haciendo cosas de las cuales se avergonzarían las personas más conservadoras y convencionales. Se trata de alguien que hace reír, a veces sin proponérselo. Por lo general, se trata de personas inteligentes, que gozan mucho y que son felices con lo que les ha tocado vivir.


Rodrigo

30 mayo 2007

G-dar


Ayer estaba hablando con una persona que conocí en el verano. Se trata de un muchacho joven, viajero, fotógrafo de corazón (biólogo de profesión) que se acercó a Bacalao y a mí para retratarnos en Cusco, mientras caminábamos una mañana.

Hasta ahora, nada interesante. Se trataba sólo de un pesonaje divertido que nos pidió un favor. Nosotros no pedimos nada a cambio... aunque, ahora que lo pienso, yo todavía estoy esperando la foto. Pero ése no es el tema. No quiero hablar sobre la amabilidad de los extranjeros o de su -como yo la llamo- "solidaridad turística". Eso sería bastante común de encontrar en cualquier viaje donde el destino sea algo tan majestuoso como MachuPicchu.

El asunto es otro; es cómo a veces somos capaces de reconocer ciertos códigos compartidos, que trascienden la idiosincrasia, las razas y las nacionalidades. ¿Qué nos lleva a descubrirlos? ¿Se trata de una condición innata que sólo reconocemos los que pertenecemos a ella? ¿Tenemos genes mutados o especialmente adaptados? Se trata de una suerte de reconocimiento implícito, que no siempre se hace patente... pero está allí. Siempre.

Ayer, entre broma y broma (y no sin un poco de vergüenza -"pena"-), me "confesó" que era homosexual. ¿Y?

Yo desde que lo vi, en lo alto de la ciudad de Cusco, supuse -primero, en tono jocoso- que era gay. Y no es que anduviera con una bandera multicolor en la espalda (que, por lo demás, es el estandarte de la propia ciudad) ni que sus modales fueran afeminados. Podría pensarse que esas características son señales inequívocas de su preferencia sexual... pero no. Era un chico muy viril, de apariencia poco ostentosa. Común.

Pero a mí "me sonó el radar". Así de simple. Creo haberlo comentado, aunque no estoy del todo seguro. Por supuesto que no se lo hice saber a él, porque no me interesa hurgar en la vida privada de personas que no conozco. La verdad, no me interesa (porque, incluso, podría prestarse para malos entendidos con mi propia pareja). Sólo me quedé con la sensación de haber puesto en marcha una "habilidad" que muchos compartimos (¡claro!).

Escribo todo esto, simplemente, porque me parece tan increíble que con sólo una parte de la historia (con la que es invisible a los ojos) podamos armar el resto de un cuadro que para la mayoría permanece siempre en el fondo del clóset o en el anonimato... No es sólo la ropa o los gestos, como se piensa. Es el modo de mirar... Es la actitud complaciente... es la piel... la química... No hay duda: es, simplemente, ESENCIA.

Rodrigo
(Foto: LatinStock)

24 mayo 2007

Otra crónica "usurpada" (considérese homenaje)


Traté de hacerme el tiempo para escribir algo sobre el "revuelo" que han causado las fotos de la Bolocco en Miami. Tengo un claro punto de vista al respecto, pero me permití seguir el "caso" unos días para tener más argumentos sobre la mesa a la hora de opinar. Leyendo, leyendo, me encontré con esta columna de opinión -escrita por Larry Moe en Las Últimas Noticias de hoy- y no pude evitar exponerla en mi Blog, ya que es, precisamente, lo que pienso; ni una palabra más ni una palabra menos.

Ojo, porque acá no estoy abordando el tema de la invasión de los medios en la vida privada de los personajes públicos (tema que, por lo demás, fue desarrollado ampliamente en mi Tesis de Pregrado en la PUCV). Eso da para un debate mucho más extenso, con mucha más altura de miras, con mucho más peso...

Rodrigo


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EPIDEMIA DE CARTUCHÓLOGOS


O yo estoy loco o nadie entiende nada de nada en el sabroso caso de las fotos de Cecilia Bolocco. ¡Si la tipa estaba en su casa!, que para más remate... ¡queda en una isla! A solas con el pinche de visita y los patos cayendo asados en Miami, ¿pretendían que ese domingo se quedara viendo HBO en el living? ¿Acaso no han leído nunca sobre el "calentamiento" global?

Una retógrada corriente de pechoñismo se ha tomado a parte importante de nuestra opinología, figuras consulares que se muestran sorprendentemente escandalizadas al constatar que una mujer sexualmente activa y que hace tres años que no tiene vida marital esté en la flor del deseo, como lo establece toda la loteratura científica disponible.

A todo esto, nadie ha reparado en la (involuntaria o no) nobleza del gesto de Menem de informar que hace rato están separados de hecho. Claro, todos dicen que lo hizo porque no quiso quedar como cornudo, pero su aclaración de pasadita dejó sentado que ella técnicamente no es una mala mujer. Los ciervos son criaturas muy tiernas.

Tal como yo, Julián Elfenbein ("Gente como tú"), Julio César Rodríguez ("Mucho gusto") y Fernanda Hansen ("Mira quién habla") se han desmarcado de quienes se golpean el pecho fingidamente consternados (obviamente agrupados en "S.Q.P.", que destapó el temita y quedó amarrado a una sospechosa posición en bloque que exige poco menos que la excomunicón de Chechi).

Ciertamente, la gente en la calle ha mostrado mucho más progresismo y madurez que este último tipo de cartuchólogos. Y eso se ve en las encuestas que ayer hicieron Avello y Kaminski, donde la gente reflejó su parecer con la frase "y qué tanto, si es la vida de ella", la que se repitió varias veces.

Esas imágenes muestran a la Cecilia Bolocco más feliz y radiante que he visto en años. En ellas no hay ningún delito mayor hasta donde entiendo. Eso me basta para no condenarla a la pestilente hoguera de la inquisición en que de pronto se ha convertido la tele. ¿La pillaron drogándose acaso?, ¿traficando armas? Es sólo pasión, manga de hipócritas.

22 mayo 2007

La Agrado y "Todo sobre mi madre"


"Por causas ajenas a su voluntad, dos de las actrices que diariamente triunfan sobre este escenario hoy no pueden estar aquí. ¡Pobrecillas!... Así que se suspendela función. A los que quieran, se les devolverá el dinero de la entrada, pero a los que no tengan nada mejor que hacer -y para una vez que venid al teatro- es una pena que os vayáis. Si os quedáis, yo prometo entreteneros contándoles la historia de mi vida. (Algunas personas se paran, especialmente unos ancianos). ¡Adiós, los siento!, eh. Si les aburro, hagan como que roncan.. ¡Así! (imita un ronquido exagerado). Yo me cojo enseguida y para nada hieren mi sensibilidad, de verdad.
Me llaman La Agrado, porque toda mi vida sólo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica. ¡Miren qué cuerpo! Todo hecho a medida... Rasgado de ojos, ochenta mil. Nariz, doscientos mil...¡tirados a la basura!, porque un año después me la pusieron así de otro palizón. Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo, ni me la toco.

(El público ríe).
Continúo... ¿Tetas? Dos... porque no soy ningún monstruo. Setenta mil cada una, pero éstas ya las tengo súper amortizadas. Silicon... ("¡¿dónde?!", pregunta un joven desde el público). Labios, frente, pómulos, cadera y culo. El litro cuesta unas cien mil, así que hechan la cuenta, porque yo ya la he perdido. Limadura de mandíbula, setenta mil. Depilación definitiva láser -porque la mujer también viene del mono, bueno, tanto o más que el hombre-, sesenta mil por sessión. Depende de lo barbuda que uno sea, lo normal es de dos a cuatro sesiones... Pero si eres folclórica necesitas más, claro.

(El público aplaude con estridencia).

Bueno, lo que les estaba diciendo es que cuesta mucho ser auténtica, señora. Y en estas cosas no hay que ser rácana... porque una es más auténtica cuanto más se parezcaa lo que se ha soñado de sí misma".

(Ovación).




Más allá de lo divertido que puede resultar el monólogo de La Agrado frente a una concurrencia heterogénea y curiosa, lo que me gusta es la composición general de la escena. Se trata de un soliloquio de una persona que reúne las características que en nuestra sociedad suelen ser apuntadas con el dedo: un travesti que se trata de rehabilitar del mundo de la psotitución y que se encandila con el mundo del brillo y el glamour (por más que ella no sea protagonista directa). Pero aquí está ella, renovada y sonriente, ofreciendo disculpas por una situación extrema de la cual no tiene arte ni parte. Sus palabras son coloquiales, hilarantes y atropelladas, pero tienen un trasfondo humano muy intenso. Y qué mejor muestra de eso que la última parte de su discurso: "Uno es más auténtico mientras más se parece a lo que ha soñado de sí mismo".

No podría decir que sólo la participación de La Agrado es lo que me atre de "Todo sobre mi madre", de Almodóvar. Es ella, claro, pero también un conjunto de factores que se van desnudando en la trama. Es la sutileza de las imágenes -incluso en aquéllas donde se muestra el mundo de la prostitución y el sexo exprés en las calles-, el color, la música, el dramatismo que imprime la historia central. Es el ´toque Almodóvar` que se manifiesta en pleno en una de sus más grandes obras.

El fin de semana pasado tuve la posibilidad de ver esta película por enésima vez. Y tal como me ocurre con todos los episodios de El Chavo del 8 (donde sé perfectamente qué va a pasar o qué va a decir alguno de los personajes), me siento hipnotizado durante los casi 100 minutos que dura "Todo sobre mi madre". Ahí estaba otra vez la bella, joven (y a esa altura poco conocida) Penélope Cruz -Rosa-, viviendo penurias por culpa de su corazón altruista, su no-familia y una calentura pasajera que la ha condenado perpetuamente. Menos mal que en su vida aparece Manuela (Cecilia Roth, de quien me enamoré cuando vi un filme argentino -que me encanta- que se llama "Cenizas del Paraíso") y le ayuda a crecer.

Y qué decir de la estética ambigua que siempre está presente en las producciones de El Deseo, con Almodóvar a la cabeza. Y no se trata sólo de una cuestión que desborde sexualidad (que, por cierto, se hace patente), sino que de algo que lo trasciende. Es esa constante dicotomía entre una y otra apariencia lo que hace interesante la película: el hombre y la mujer; la fama y el olvido; la familia y las drogas; el dolor y la esperanza... todo en oposición, aunque bien sabemos que nada de eso puede vivirse sin matices. Y ese eclecticismo, precisamente, es lo que se manifiesta en lo más evidente: la presencia de La Agrado y de Lola, dos personas que nacieron como hombres, pero que lucharon por ser mujeres... auténticas mujeres. Porque uno es más auténtico mientras más se parece a lo que soñó de sí mismo...
Rodrigo

El "lado B" del Combate naval de Iquique (léanlo: es interesante)


Lo encontré muy interesante y absolutamente contingente. Es como "el lado B" del manoseado Combate Naval de Iquique. No tengo nada contra las personas que lo celebran como un hito heróico en nuestra patria reciente, pero me cansa escuchar lo mismo año a año. ¿No es tiempo ya de reconocer a todos esos "otros héroes" que la historia, el desdén y el olvido se encargan de sepultar? Reproduzo entera la crónica de Pedro Lemebel, de La Nación Domingo recién pasada:
Rodrigo

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LOS AMANTES DE LA ESMERALDA

Casi borrado por el humear de la “Esmeralda” en el Combate Naval de Iquique, este suceso devela otras pasiones que navegaban a bordo del histórico buquecito. Si no fuera por el informe entregado por Gualterio Lekie, médico de la embarcación, nunca hubiéramos sabido que, seis años antes de la gesta del ’79, mientras la “Esmeralda” surcaba alta mar en las olas crespas del Pacífico, cuando la tripulación dormía a raja suelta en los vaivenes de la marea, el guardiamarina Carlos Eledna no podía conciliar el sueño. Y entre más trataba de relajarse, más fuerte era la calentura que lo revolcaba en el camarote pensando en el paje que había llegado esa semana. El bello José Mercedes Casanga, un jovenzuelo de nalgas apretadas por el pantalón blanco que usaban los aspirantes.

Desde que lo vio subir a bordo, esas ganas de tenerlo en sus brazos no lo dejaban vivir, ni siquiera podía concentrarse y lo olvidaba todo ante la presencia del paje, que le preguntaba mil veces lo mismo, poniéndole esas caritas de cordero cuando él pasaba revista a la tropa formada en cubierta. Al parecer, el paje se había dado cuenta del flechazo, y también le hacía ojitos, porque le gustaba sentirse empelotado por la mirada ardiente de Carlos, siguiéndolo, sapeándolo cuando se desnudaba para acostarse. Tal pasión inconclusa era la tortura de Carlos que, ahogándose de amor, salía a la cubierta desvelado para fumar un cigarro. Ya no le importaba el grumete anterior, con el cual había tenido un enlace secreto en viajes anteriores de la “Esmeralda” por el litoral central. Pero era tan celoso, parecía una mujer enrostrándole cada trasnoche de farra en los puertos donde paraba el barco. Este otro era diferente, parecía un huasito falto de cariño en su humildad de paje naval venido del campo.

Esa noche, el viento esparcía una llovizna salada en la popa cuando descubrió la figura del joven flotando en la bruma. El cielo era un jirón de sargazos que lo mantenían levitando, subiendo y bajando en ese coito estrellado de cielo y mar. Un ojazo de luna plateó sus cabellos cuando Carlos se acercó a sus espaldas, cuando el paje, sin dejar de mirar el horizonte y sin girar la cabeza, le preguntó: ¿Usted también sufre de insomnio?

Desde aquella noche en que pasó de todo entre el paje y el guardiamarina de la “Esmeralda”, el navío fue el aposento nupcial donde la pareja de hombres dio rienda suelta al “amor que no se nombra”. Cada noche, en cada amanecer, Carlos gateaba por la cubierta en busca de su pajecito, su José Mercedes, su cadete naval que lo esperaba donde mismo, en esa parte del barco donde no llegaba la guardia. Aquel rincón oscuro donde la bandera al viento era un telón protector. Ahí mismo el marinero lo bienvenía con su aliento de fiebre sumergida. Y eran tan felices anudados, empalándose uno sobre otro, que olvidaban la patria naval en los espolonazos de las cachas espumantes. Ni siquiera la luz del amanecer los despertó esa mañana cuando los encontraron semidesnudos, abrazados, al pie del pabellón que los arropaba con su sombra movediza.

Aquel violento despertar con el chapuzón de agua fría que les tiraron encima fue el inicio de una pesadilla para los amantes de la “Esmeralda”. Carlos sólo atinó a taparse las partes íntimas con su guerrera, y el pequeño paje se enroscó en su desnudez como un caracol avergonzado. Arriba, el círculo de oficiales los miraba con asco cuando se dio la orden de encarcelarlos separados para organizar el juicio. El tribunal estaría compuesto por el mando de la corbeta, formado por Luis Lynch, Arturo Prat, Carlos Moraga, Miguel Gaona, Enrique Gutiérrez y el médico Gualterio Lekie, encargado del peritaje en los órganos sexuales de los acusados. El hallazgo de semen fresco y pequeñas lesiones anales fueron pruebas suficientes para condenarlos por el “pecado nefando”, como se llamaba en esa época al amor entre hombres. La sentencia dictaminaba 10 años de cárcel para ambos, en un presidio de Valparaíso, además de 60 azotes a espalda descubierta en presencia de toda la tripulación.

La mañana era fría cuando Carlos y José Mercedes se volvieron a encontrar en cubierta para recibir el castigo. Los dos fueron amarrados al palo mayor y de un violento tirón les arrancaron las camisas. Apenas alcanzaron a mirarse cuando el chicotazo del látigo les rajó la espalda con su caricia quemante. La huasca del verdugo les abría la piel una y otra vez, uniéndolos en el mismo ardor, en el mismo prohibido amor que en ese altar flotante de la patria pagaba su delito. El joven paje sólo resistió 40 azotes antes de desmayarse. Después fueron encarcelados hasta que la “Esmeralda” llegó a Valparaíso, donde fueron conducidos al penal en el que cumplieron el resto de la pena.

Hasta ahí el informe escrito por la mano temblorosa del médico deja constancia del hecho. El resto, nadie lo sabe. Pudo ocurrir que después de los 10 años de condena, Carlos Eledna y José Mercedes Casanga se encontraran nuevamente libres frente al mar. Cuando ya no quedaban testigos de aquel juicio, porque Prat y toda la tripulación de la “Esmeralda” se habían inmolado seis años antes, en las aguas del Combate Naval de Iquique. Y ellos, la pareja de amantes humillados, se perdieron la oportunidad de inscribirse como héroes en las páginas de la patria, pero ganaron algunas borrosas líneas en la oculta bitácora de la historia homosexual.

* Esta crónica está inspirada en el resumen de sentencias de la Gaceta de los Tribunales, año 1873, sentencia Nº 2420, página 937. Juicio por sodomía contra el guardiamarina segundo Carlos Eledna y José Mercedes Casanga.

(Foto: Corbis)